LA INMANENCIA DE LA NATURALEZA Y SU CAUSALIDAD ARISTOTÉLICA CON EL SER HUMANO
Camilo Lopez Gutiérrez∙ 10 minutos de lectura
En este escrito defenderé que las cuatro causas de Aristóteles son esenciales para un entendimiento del mundo material y del ser humano. Puntualizaré mis argumentos en las cuatro causas, su aplicación en la naturaleza, y con el ser humano.
Desarrollaré algunos conceptos de Aristóteles sobre las cuatro causas (I). Después haré un marco teórico de la física de Aristóteles enfocado hacia las cuatro causas en la naturaleza, con ejemplos inteligibles (II). Apoyado del campo de la Metafísica, explicaré la conexión que existe entre las cuatro causas y el ser humano (III). Desarrollaré un contraargumento de las cuatro causas, más la objeción pertinente al . Así mismo, defenderé el por qué las causalidades aristotélicas siguen siendo vigentes y tienen sus usos prácticos en la cotidianidad del ser humano (IV).
I
Aristóteles sostiene que la noción de “causa” está empleada de diferentes maneras, lo que implica un “pluralismo causal” (Stein 2011, 121–147). En su obra Metafísica (1998, 983a24–32), él sostiene que hay cuatro tipos de causas fundamentales; establece que la sabiduría se define como el conocimiento de las causas y los principios esenciales, mientras que el conocimiento está limitado a las percepciones y experiencia. Las causas aristotélicas se conforman por: causa material (la materia de lo que algo está hecho), causa formal (la forma o estructura que define a una cosa), causa eficiente (el intermediario o desarrollo que produce el cambio), causa final (el propósito o fin para cual algo existe). Estas son mutuamente incluyentes, se complementan para ofrecer una explicación completa de un ente. Él concluyó que no tenemos conocimiento de nada en el mundo hasta que comprendamos el por qué de las cosas (1995, 194b17–20), ya que esto es aplicable de manera analítica y general. Un ejemplo de las cuatro causas es el siguiente con una mesa. Su causa material es la madera de la que está hecha, su causa formal es el diseño que determina su forma, su causa eficiente es el carpintero que la construyó, y su causa final es el propósito que tiene de servir como superficie para algo (p. ej. comer).
Podemos entender que el ‘enfoque pluralista’ permite una comprensión basta y matizada de los fenómenos naturales, evitando reduccionismos que limiten la explicación a una sola causa.
Sin embargo, el desarrollo sobre las causas fue una continuidad que Aristóteles retomó del trabajo de sus antecesores como: Tales, Anaxímenes y Heráclito (Platón 2002, 96a6–10), los cuales se enfocaron en explicar la naturaleza de las cosas mediante la causa material, buscando responder por qué existen (1998, 983b–988b). Platón es el predecesor más importante en este análisis; ya que él identifica las ‘Ideas’ como causas formales; conserva la causa material y habla sobre la participación, sin embargo, no desarrolla bien la causa final. Para lo cual, dice: “… en cuanto a las causas, dijo muchas cosas con exactitud, pero no las combinó adecuadamente.” (1998, 987b14)
II
Entraremos en el corazón del pensamiento natural de Aristóteles. Donde el pluralismo causal tiene su primera y mayor relevancia sistemática. Introduce formalmente su teoría de las causas en el contexto del estudio de la naturaleza, es importante destacar que sus escritos de Física estaban dedicados al mundo natural. Aclara que el conocimiento científico implica conocer las causas de por qué algo es o llega a ser lo que es (1995, 194b 17–20). En los primeros libros define los entes naturales como aquellos que tienen en sí mismos un principio de movimiento o reposo, comparándolos contra las cosas materiales (p. ej. la cama). Los entes naturales tienen una physis (1995, 192b13–193b22) que actúa como principio intrínseco. Este principio requiere de cambio y permanencia, el cual ordena una explicación múltiple, desembocando en las preguntas: ¿Qué es lo que cambia? ¿Quién lo causa? ¿Cuál es el fin del cambio? Estas preguntas terminan siendo la base para la investigación y desarrollo de las causalidades.
La naturaleza actúa como si persiguiera un fin, más no dice que tenga intención o consciencia (como los humanos), pero sí que sus procesos tienden a un cambio regular, de manera constante y ordenada (1995, 198a23–26). Por tanto, dice que debemos entender que la naturaleza actúa por alguna razón y esta razón es el fin hacia el cual tiende el proceso.
Prosigamos con el siguiente cuestionamiento: ¿Qué significa decir qué la naturaleza actúa como si fuera por causa de algo? Mediante la observación percibimos que la naturaleza produce efectos constantes y ordenados; efectos que no pueden explicarse sólo por causas materiales o eficientes, en efecto, es necesario reconocer que dichos procesos naturales están organizados hacia fines. Esta organización no requiere intención consciente, sino forma inherente. En su escrito de biología, para ser exactos al inicio del libro Las partes de los animales (2002, 639b12–640a2), afirma que si negamos la causa final en los seres vivos no podremos explicar por qué los órganos están adecuadamente dispuestos; esto refiere a que están hechos para: moverse, vivir, nutrirse, etc. Y ese “hecho para” es la marca de la causa final.
El reconocimiento de la causa final, la cual fue determinada como “teleología” (Wolff 1728, §85), es lo que permite a Aristóteles enlazar las tres primeras causas con ella y así tener el ‘pluralismo causal’, ya que un proceso natural como el crecimiento de una planta o de un animal, no se explica sólo por las tres primeras causas (material, formal, eficiente). Así mismo comprenderemos que la física no es una física mecanicista, sino una ciencia del cambio natural, pero con estructuras de cambio formales y finalistas (1995, 199a9–10).
III
Hablar de un campo tan profundo y bien compuesto es demasiado paralizante al momento de plasmar ideas o conceptos que seguramente no abordaré en toda su amplitud. Pero seré valiente al construir, de manera inteligible, conceptos que puedan enriquecer las causalidades aristotélicas.
La filosofía primera, actualmente conocida como Metafísica, es donde se pregunta por el ser en cuanto ser. Asimismo:
Todas las personas por naturaleza desean saber. Una indicación de esto es el placer que tenemos en nuestros sentidos; porque incluso aparte de su utilidad, son amados por ellos mismos; y sobre todo el sentido de la vista. Porque, no sólo visando la acción, sino también cuando no vamos a hacer nada, preferimos ver todo lo demás. La razón es que este, sobre todos los sentidos, nos hace conocer y sacar a la luz la diferencia de las cosas (1998, 980a21–26).
Este fragmento abre la Metafísica como una especie de meditación sobre el deseo natural de conocimiento, que da paso a la sabiduría, la experiencia, la ciencia, y el conocimiento de las causas. Este deseo lleva a buscar causas no sólo en los fenómenos particulares, sino en aquello que hace posible todo lo que es. Él llama a esta búsqueda “ciencia teológica” (1998, 1026a19), porque estudia al ser supremo como causa de todo lo demás. Hace una distinción relevante del ‘Ser’. Distingue el Ser en sentido categorial: cantidad, cualidad, relación, y el Ser en sentido principal: lo que es en sentido absoluto, que es la sustancia (1998, 1003a33).
Refiriéndose a la ‘Sustancia’ hace la distinción en dos niveles: Sustancias sensibles (los seres vivos, objetos concretos) y Sustancia inmutable (la causa primera). Afirma que “la sustancia es lo que ni se predica de un sujeto ni está en un sujeto.” (1998, 1032b1), es decir, lo que existe por sí mismo. Supera el “dualismo Platónico” (Platón 2002, 64c–69e) explicando que la forma no está separada de la materia, sino que la informa desde adentro. La sustancia es sincrónicamente la unión de materia y forma.
Aristóteles incorpora las causalidades en la Metafísica como fundamentos del ser. “Hay algo que es causa de todo lo que existe y se mueve, siendo el inmóvil.” (1998, 1072b3–4)
Este Primer motor inmóvil actúa como causa final del universo: no moviendo desde afuera, sino siendo objeto de deseo y pensamiento. La Metafísica de Aristóteles no es sólo una reflexión sobre qué hay, sino sobre por qué hay algo en lugar de nada. Su explicación de la sustancia, del ser, y de la causa primera es inseparable de su teoría de las cuatro causas. El pluralismo causal aquí es tanto ontológico como epistémico: nos permite comprender no sólo cómo ocurren las cosas, sino por qué existen y qué son en su esencia. Cuando digo que es ‘ontológico’, me refiero a que no son entidades abstractas o categorías mentales, sino modos reales de ser. Cada cosa que “es” lo hace por conjunción de materia, forma, agente y fin. En cuanto a que es ‘epistémico’ no es sólo identificar su nombre o apariencia, sino explicar por qué es así y no de otra manera. Esa explicación requiere considerar causas múltiples que convergen en la cosa. El conocimiento verdadero es causal, no meramente descriptivo. “Lo que buscamos en todos los casos es el ‘por qué’, y esto es dar una causa.” (1998, 983a25).
IV
Darwin, con su postura crítica de fines aparentes sin propósito real, menciona: “La naturaleza no produce nada con una finalidad específica, sino que selecciona variantes útiles en condiciones particulares.” (Darwin 2007, Cap. 6). Su teoría de la evolución por selección natural reemplazó las causas finales. En lugar de que un órgano exista para un fin, él explica su existencia como resultado de la variación hereditaria y la adaptación al medio. La teleología queda desplazada por una explicación basada en historia natural: las estructuras aparecen, persisten o desaparecen según sus efectos en la supervivencia. El problema con lo que Darwin plantea es que la función adaptativa no puede explicarse sin referencia a una causa formal y final. La explicación darwiniana de los rasgos biológicos como adaptaciones presupone, sin reconocerlo, elementos estructurales y funcionales que no pueden reducirse a mutación aleatoria y selección natural. La ventaja reproductiva no explica por sí sola por qué ciertas configuraciones orgánicas son posibles, estables y coherentes. Darwin expulsa la causa formal y final, pero su teoría las necesita implícitamente. Asume que la “forma” de los organismos cambia por mutaciones acumuladas y selección natural. Pero no explica por qué hay formas que “funcionan” coherentemente como totalidades integradas (p. ej. un ojo con lente, retina, nervio óptico, acomodación muscular). Esa coherencia no puede emerger sólo de presión ambiental; presupone un principio de organización estructural.
Esto remite directamente a la causa formal; la forma como principio estructurador de lo viviente. No es una esencia fija, pero sí una inteligibilidad interna. Si la forma fuera sólo una acumulación histórica de partes útiles, no habría razón para que tantas formas convergentes aparecieran en líneas evolutivas independientes (ojo en pulpo y en mamíferos, alas en aves e insectos). Pero si se rechaza la causa final, ¿cómo se puede sostener que algo tiene una función? El concepto mismo de "adaptación" requiere evaluar si un rasgo "funciona bien" en relación con un contexto. Esto presupone un criterio de funcionamiento óptimo, es decir, una finalidad implícita. Si no hay fin, no hay adaptación, sólo coincidencia. Decir que “el corazón es para bombear sangre” no es lo mismo que decir “el corazón bombea sangre”. Aristóteles nunca exigió que la causa final fuera consciente o divina. Para él, bastaba con que algo actuara como si fuera hacia un fin (como ya lo había señalado en; 1995, 198a23–26).
Mi conclusión es que la ciencia moderna sí necesita categorías que Aristóteles pensó con precisión (el entrelazamiento múltiple de causas). Las cuatro causas no son reliquias de una cosmología antigua, sino categorías fundamentales del pensamiento que nos permiten entender no sólo cómo ocurren las cosas, sino qué son y por qué tienen sentido. En biología, en ética, en metafísica o en tecnología, seguimos preguntándonos qué estructura tiene algo, de qué está hecho, cómo se genera y para qué existe. Hoy frente al reduccionismo técnico, el pluralismo causal nos recuerda que comprender es siempre más que medir; que todo lo real tiene múltiples dimensiones que se entrelazan en una unidad inteligible. Aristóteles no nos dio una respuesta cerrada, sino una herramienta permanente para pensar. Y esa herramienta sigue viva porque responde a la complejidad del ser, y no al simplismo de las modas.
Referencias
Aristóteles. 1995. Física. Traducido por José Luis Calvo Martínez. Madrid: Gredos.
Aristóteles. 1998. Metafísica. Edición trilingüe (griego, latín y español) con traducción y notas de Valentín
García Yebra. Madrid: Gredos.
Aristóteles. 2002. Las partes de los animales. Traducido por Manuel Antonio Marcos Casquero. Madrid: Gredos.
Darwin, Charles. 2007. El origen de las especies. Traducido por Antonio de Zulueta. Madrid: Ediciones Akal.
Johnson, Monte Ransome. 2019. “Aristotle’s Causality.” En Stanford Encyclopedia of Philosophy
(Spring 2019 Edition), editado por Edward N. Zalta. Stanford University. https://plato.stanford.edu/archives/spr2019/entries/aristotle-causality/
Platón. 2002. Fedón. Traducido por Luis Gil. Madrid: Alianza Editorial.
Stein, Edith. 2011. Ser finito y ser eterno. Traducido por Luis Villoro. Madrid: Editorial Encuentro.
Wolff, Christian. 1728. Filosofía racional o lógica: tratada según el método científico y adaptada al uso de las ciencias y de la vida. §85. Halle: Rengeriana.
