El tábano y el bisturí: sobre la naturaleza del método socrático
Juan Serrano ∙ 10 minutos de lectura
Comencemos preguntando algo aparentemente simple: ¿qué hace que una cosa merezca atención estética y en dónde ejercitamos dicha capacidad? La respuesta más común sería señalar todo aquello que conocemos como arte. Yuriko Saito, filósofa japonesa-estadounidense, lleva décadas cuestionando precisamente esa respuesta. Para Saito, limitar la experiencia estética al mundo del arte institucionalizado representa lo que ella llama una visión parroquial: una visión estrecha y culturalmente sesgada que excluye gran parte de lo que los humanos experimentan sensorialmente en su vida diaria. Su propuesta, la estética cotidiana, amplía el territorio de lo estético hacia todo objeto, fenómeno y actividad que constituye la vida ordinaria.
Esta propuesta es relevante en el mundo actual. Mi argumento es que la estética cotidiana de Saito, entendida como práctica activa y reflexiva de atención sensible, es una herramienta filosófica para recuperar la autonomía perceptiva frente a la estetización pasiva que producen los algoritmos, la propaganda y la inteligencia artificial. La diferencia fundamental no es qué objetos están presentes en la vida diaria, pues lo digital también es parte de lo cotidiano, sino qué tipo de autonomía perceptiva ejerce el sujeto al relacionarse con ellos. En lo que sigue reconstruiré los pasajes relevantes de Saito, explicaré sus nociones filosóficas clave, formularé el argumento central, presentaré cuatro contraargumentos y defenderé mi posición desde una perspectiva crítica.
Comencemos por entender qué es la visión parroquial del arte. En el ensayo de Saito, se observa que, aunque muchos filósofos insisten en que las cualidades estéticas no se limitan a las artes, esos pensadores suelen tomar las artes como foco principal de su discusión.[1] Esto es el señalamiento de una contradicción estructural: en teoría dicen que cualquier cosa puede ser estética, pero en la práctica los filósofos sólo hablan de arte. Esta restricción representa un punto de vista parroquial propio de las teorías estéticas occidentales modernas, que presupone condiciones culturales y económicas muy específicas.[2] Culturas como la balinesa, la inuit y la japonesa integran lo estético en todo lo que hacen y fabrican, sin necesitar la separación arte/no-arte que caracteriza la tradición occidental.
Saltemos ahora al concepto central que Saito propone para pensar la experiencia estética cotidiana: la experiencia sin marco, o frameless. En el arte institucionalizado el objeto se presenta con un marco determinado: una pintura se ve circunscrita por su bastidor, una sinfonía consiste en los sonidos que conforman la partitura. Los elementos que quedan fuera, el olor a pintura, el ruido del tráfico, la tos del público, se ignoran conscientemente. Por el contrario, los objetos cotidianos no tienen esas reglas, nadie nos dice cómo apreciarlos, así que somos nosotros quienes decidimos qué incluir en la experiencia, convirtiendo al sujeto en creador de su propio objeto estético. La apreciación de un partido de béisbol puede incluir los gritos de los aficionados, el calor del sol y el olor de la comida. La apreciación de una taza de té puede incorporar la textura del cuenco, el aroma y el sonido del sorbo.[3] En todos estos casos el sujeto no recibe un objeto estético ya delimitado: lo construye activamente. Está participación activa es lo que convierte una simple sensación en una experiencia estética real.
Observemos ahora las nociones filosóficas que sostienen este planteamiento. La primera es la crítica al modelo arte-céntrico. Saito no dice que los objetos cotidianos sean arte de segunda categoría: señala que la tradición filosófica occidental los ha tratado como tales al compararlos siempre con el arte como estándar de medida. Cuando un filósofo pregunta si cocinar puede considerarse una forma de arte, ya está asumiendo que el arte es el metro válido. Saito rechaza esa jerarquía: los objetos cotidianos tienen sus propios criterios estéticos, enraizados en la función del objeto, el contexto cultural y la experiencia del sujeto. La segunda noción es la integración inseparable de lo práctico y lo estético. El valor estético de un cuchillo no se limita a su forma visual: incluye cómo corta, la textura del mango, el equilibrio entre su peso y su filo.[4] Adoptar una actitud desinteresada frente al cuchillo, contemplarlo como escultura, sería empobrecer su experiencia estética al eliminar la dimensión más importante.
La tercera noción es quizás la más importante: las preferencias estéticas cotidianas tienen consecuencias morales, sociales y ecológicas concretas. Saito documenta que las decisiones de uso de tierra de agricultores del medio oeste estaban motivadas principalmente por consideraciones estéticas, no económicas.[5] Y que el principal obstáculo para la aceptación pública del diseño ecológicamente sostenible era estético.[6] Lo que estos ejemplos nos dicen es que la estética cotidiana tiene peso real en el mundo. No es un tema de lujo: es algo que nos afecta a todos y que vale la pena cultivar.
Teniendo presentes estas nociones, estamos en condiciones de formular el argumento central. Partamos de dos premisas. La primera, apoyada en Saito: la estética cotidiana es la forma primaria y universal en que los seres humanos experimentan el mundo sensible. No requiere instituciones ni educación especializada. Comer, vestir, habitar, limpiar, caminar por la calle: todo esto constituye una experiencia estética potencial que cualquier ser humano, independientemente de su cultura o clase social, tiene a su alcance. La segunda premisa la aporto yo: las redes sociales, la propaganda y la inteligencia artificial son parte de la vida cotidiana moderna, pero producen un tipo específico de experiencia estética donde la autonomía perceptiva del sujeto está reducida. El marco está construido antes de que el sujeto llegue al objeto.
De lo anterior se puede concluir: si la estética cotidiana es el territorio más universalmente compartido de la experiencia humana, y si ese territorio está siendo colonizado por marcos estéticos preconstruidos que sustituyen la autonomía perceptiva del sujeto, entonces el ejercicio consciente de la estética cotidiana es una herramienta filosófica para recuperar la autonomía perceptiva. Algo que me gustaría resaltar es la distinción que considero más importante de este ensayo: la diferencia entre la estética cotidiana que propone Saito y la estetización digital no está en cuánto ves, sino en si eres tú quien decide qué ver. Un algoritmo puede poner al alcance del sujeto un millón de imágenes distintas y ese sujeto puede seguir siendo completamente pasivo en su relación con todas ellas. La cantidad no produce autonomía. La participación activa sí.
Para ver detenidamente esta distinción vale la pena contrastar dos experiencias. Cuando alguien aprecia estéticamente una taza de té, construye activamente su objeto estético: decide qué elementos incorporar, qué dimensiones sensoriales privilegiar. Nadie le dijo de antemano qué encontrar bello. Cuando esa misma persona recibe su experiencia estética a través de lo que un algoritmo decidió mostrarle, la selección ya ocurrió antes de que él llegara: el algoritmo eligió la imagen y construyó el marco dentro del cual el sujeto reacciona. En un caso decides tú; en el otro, alguien ya decidió por ti.
Si vemos detenidamente este argumento nos topamos con cuatro contraargumentos que merecen atención. El primero es el más clásico: al extender la experiencia estética a cualquier objeto o actividad, Saito disuelve los criterios que permiten distinguir una experiencia genuina de una mera reacción sensorial. Sin el marco institucional del arte y sus convenciones, la estética cotidiana se vuelve completamente subjetiva. Si cualquier cosa puede ser estética, nada lo es verdaderamente.
El segundo señala que la estetización digital no restringe sino que democratiza: las plataformas digitales ponen al alcance de cualquier persona experiencias antes limitadas por la geografía, la clase o la educación. Desde esta perspectiva, los algoritmos serían una extensión de la apertura que Saito defiende, no su enemigo.
El tercero es más agudo: si la propaganda, las redes sociales y el contenido digital son parte de la vida cotidiana moderna, ¿por qué no son también estética cotidiana en el sentido de Saito? ¿Por qué el cuchillo japonés sí y el feed de Instagram no?.
El cuarto contraargumento toca el núcleo epistemológico del problema: toda experiencia estética está mediada por condiciones biológicas, psicológicas, culturales e históricas. El sujeto que aprecia la taza de té no llega a ella desde la nada: llega desde una cultura, un cuerpo, una historia. ¿No es esa mediación tan constitutiva y tan inevitable como la del algoritmo? Si toda experiencia está mediada, ¿qué hace a la mediación digital cualitativamente distinta?
Estas objeciones tienen respuesta. La acusación de subjetivismo ignora que Saito no elimina los criterios estéticos, sino que los diversifica. En Aesthetics of the Everyday, Saito señala que incluso una respuesta aparentemente irreflexiva a las cualidades cotidianas no está libre de un marco cultural y contextual.[7] Los criterios existen, sólo están enraizados en el conocimiento cultural, la función del objeto y el contexto de uso, no en las convenciones del mundo del arte. La intersubjetividad se fundamenta en la experiencia compartida de lo cotidiano, que es precisamente el territorio más universalmente compartido que existe. El problema con el primer contraargumento es que confunde ausencia de marco institucional con ausencia de criterio. No es lo mismo.
La respuesta al segundo y tercer contraargumento emerge de la misma distinción. La democratización del acceso no es lo mismo que la autonomía del juicio. Y la pregunta de por qué el feed de Instagram no es estética cotidiana en el sentido de Saito tiene una respuesta precisa: no es el objeto sino el tipo de relación. Saito advierte en su ensayo que la estetización de la vida cotidiana puede ser usada para cultivar consumidores para el mercado y cómplices en la perpetuación de injusticias.[8] El cuchillo japonés no tiene intención sobre el usuario: el usuario construye libremente su experiencia sensible. El algoritmo sí tiene intención: está diseñado para producir un efecto específico en el sujeto. Uno es objeto sin marco; el otro es marco que envuelve al sujeto.
El cuarto contraargumento es el más sofisticado y merece la respuesta más cuidadosa. Sí, toda experiencia estética está mediada. Pero hay que distinguir entre dos tipos de mediación. Las mediaciones culturales, biológicas e históricas forman parte del sujeto que experimenta: son condición de posibilidad de la experiencia, parte de quien construye el objeto estético. La mediación algorítmica, en cambio, opera antes de que el sujeto llegue al objeto, seleccionando qué objetos existen para él en primer lugar. Una enriquece la autonomía del sujeto; la otra la sustituye. Esto nos lleva a la parte crítica de este ensayo: la estética cotidiana de Saito no es sólo una filosofía del gusto ordinario. Es una pedagogía de la autonomía perceptiva. Saito señala que el cultivo de la sensibilidad estética cotidiana contribuye a facilitar interacciones sociales respetuosas y humanas.[9] Aplicado al entorno digital, este cultivo es exactamente lo que nos permite habitar el mundo de las imágenes preconstruidas con ojos propios, sin ser reducidos a consumidores pasivos de marcos que otros construyeron para nosotros.
Regresemos a la pregunta original: ¿cómo cuestiona Yuriko Saito la visión parroquial del arte con su estética cotidiana? La respuesta recorre todas las partes del ensayo. Saito la cuestiona primero por observación: la filosofía estética occidental ignora la mayor parte de la experiencia sensible humana al centrarse en el arte institucionalizado. La cuestiona después por argumento: los objetos cotidianos tienen sus propios criterios estéticos, independientes del arte, y su experiencia es tan filosóficamente rica como la del museo. La cuestiona finalmente por consecuencia: las preferencias estéticas cotidianas moldean decisiones ecológicas, sociales y políticas con alcance real.
Algo que me gustaría resaltar antes de cerrar es que la visión parroquial del arte que Saito critica no desapareció con la modernidad: se transformó. Antes excluía lo cotidiano en nombre del arte institucional; hoy lo coloniza en nombre del contenido algorítmico. Son dos versiones del mismo movimiento: algo externo al sujeto decide qué merece atención estética. La primera versión fue un error filosófico. La segunda es una amenaza a la autonomía perceptiva.
La estética cotidiana de Saito nos recuerda que la experiencia más poderosa no está en los museos ni en las pantallas: está en sorber una taza de té, sentir el sol en el cuello, abrir un paquete con cuidado. Recuperar esa experiencia no es rechazar lo digital ni idealizar lo analógico: es aprender a habitar el mundo-todo el mundo- con ojos propios. Ese es el verdadero alcance filosófico de la propuesta de Saito, y también su urgencia más contemporánea.
Notas
[1]Yuriko Saito, “Everyday Aesthetics,” Philosophy and Literature 25, no. 1 (2001): 87.
[2]Yuriko Saito, “Everyday Aesthetics,” Philosophy and Literature 25, no. 1 (2001): 87.
[3]Yuriko Saito, “Everyday Aesthetics,” Philosophy and Literature 25, no. 1 (2001): 88.
[4]Yuriko Saito, “Everyday Aesthetics,” Philosophy and Literature 25, no. 1 (2001):89.
[5]Yuriko Saito, “Everyday Aesthetics,” Philosophy and Literature 25, no. 1 (2001):90.
[6]Yuriko Saito, “Everyday Aesthetics,” Philosophy and Literature 25, no. 1 (2001):90.
[7]Yuriko Saito, "Aesthetics of the Everyday," Stanford Encyclopedia of Philosophy, 2021: sección 5.
[8]Yuriko Saito, "Aesthetics of the Everyday," Stanford Encyclopedia of Philosophy, 2021: sección 9.
[9]Yuriko Saito, "Aesthetics of the Everyday," Stanford Encyclopedia of Philosophy, 2021: sección 3.
Bibliografía
Carlson, Allen. "Environmental Aesthetics." Stanford Encyclopedia of Philosophy, 2020.
Saito, Yuriko. "Aesthetics of the Everyday." Stanford Encyclopedia of Philosophy, 2021.
Saito, Yuriko. "Everyday Aesthetics." Philosophy and Literature 25, no. 1 (2001): 87–95.
