De la ética de virtud
Erik Maldonado ∙ 10 minutos de lectura
Segunda guerra mundial, 1939. Ocultas a una familia judía en tu casa para salvarlos del arresto y la muerte. Un oficial nazi llega y te pregunta: “¿hay judíos escondidos aquí?” Este es probablemente uno de los dilemas éticos más famosos de la historia. ¿Qué harías tú? ¿Qué es lo correcto? y ¿por qué? Son quizás las preguntas más comunes que te harías en primera instancia.
Pienso que la respuesta más lógica y frecuente es mentir para salvaguardar la vida de inocentes, esto responde a que ocasiona más bienestar decir mentiras que decir la verdad, puesto que la primera opción concluye en salvar la vida de personas inocentes. Bajo este enfoque lo moralmente correcto sería decir mentiras para salvarle la vida a un inocente. Mentir es malo sólo si produce más daño que bien. La persona que elija obrar de esta manera sería consecuencialista, ya que la base de su decisión es maximizar el resultado de bienestar.
Una respuesta más controversial sería decir la verdad, pues implica entonces como consecuencia el sufrimiento de un inocente, pero ¿no se supone que decir siempre la verdad es lo moralmente correcto? Debemos actuar siempre bajo una máxima que al mismo tiempo pueda convertirse en una ley universal. Decir mentiras no puede ser nunca una ley universal, porque destruye la confianza, ¿puede todo el mundo decir mentiras sin destruir la posibilidad misma de la moralidad? Esta respuesta sería considerada deontológica, ya que prioriza el deber sobre las consecuencias o la virtud de la acción.
Ahora bien, decir la verdad, o la honestidad, es una virtud, pero la justicia es también una virtud. En nuestro caso hipotético, ¿qué virtud es mejor? ¿Decir la verdad y condenar casi de manera segura a la muerte a una persona inocente?, o ¿Es siquiera posible que en algún escenario lo justo sea mentir? Ambas son virtudes, pero la elección de una sobre la otra implica sensibilidad moral, no existe una regla fija que nos dicte cómo debemos actuar, sino una decisión que tenemos que tomar. Este tercer acercamiento al dilema sería considerado por un eticista de virtud, quien se preocuparía más por el rasgo de carácter que representa la decisión tomada.
Esta última opción, me parece, es la que ofrece más sentido y mejor se adapta a la realidad humana. En el famoso artículo Modern Moral Philosophy de Anscombe en 1958, se cristaliza una creciente insatisfacción de los acercamientos éticos deontológicos y utilitaristas. Ninguno de ellos, hasta ese entonces, atendía las cuestiones de la motivación, relaciones personales, felicidad, el rol de las emociones en nuestra vida moral y las fundamentalmente importantes preguntas de qué tipo de personas deberíamos ser y cómo deberíamos vivir (Hursthouse 2023).
El propósito de este ensayo no es aceptar la ética de virtud cómo única guía del actuar humano, sino analizarla a través de una crítica rigurosa e intentar responder las cuestiones de en qué condiciones es una ética normativa viable hoy en día.
La ética de virtud es actualmente uno de los 3 acercamientos principales de ética normativa. De la manera más resumida podríamos identificarla como la ética que enfatiza las virtudes o los rasgos de carácter, en contraste con las que enfatizan deberes o reglas (deontología) o las consecuencias de las acciones (consecuencialismo) (Hursthouse 2023).
Podríamos definir una virtud como un excelente rasgo de carácter que está profundamente arraigado a su poseedor. Como explican Rosalind Hursthouse y Glen Pettigrove en su ensayo Virtue Ethics de la Stanford Encyclopedia of Philosophy, una virtud no se reduce únicamente a ciertos comportamientos que van de acuerdo con una virtud, sino más bien toda una disposición mental que llega hasta el fondo del ser de una persona y que le lleva a razonar y actuar de cierta manera ante las situaciones que le presenta la vida de acuerdo con un determinado conjunto distintivo de consideraciones (Hursthouse 2023).
En este sentido, una persona honesta, por ejemplo, no puede ser simplemente identificada como alguien que actúa con honestidad únicamente porque teme ser descubierto, sino porque piensa y reconoce que hacer lo contrario sería deshonesto. La razón desde la cual actúas tiene un papel fundamental para determinar si realmente tiene valor un juicio moral. Supongamos que alguien que es muy pobre ve que a alguien se le cae un monedero lleno, entonces, de hecho, es particularmente admirable que devuelva el monedero. Pero si lo que hace difícil devolver el monedero es una imperfección en su carácter, es decir, la tentación de quedarse con lo que no es suyo, o una indiferencia insensible ante el sufrimiento de los demás, entonces no lo es.
Ahora bien, cabe recalcar que las virtudes pueden ser también defectos. Por ejemplo, el coraje en un bandido le permite hacer cosas mucho más malvadas de lo que habría podido hacer si fuera tímido, o como en el dilema de la familia judía, decir la verdad podría no representar el juicio moral de mayor valor. Por lo tanto, parecería que el coraje y la honestidad, a pesar de ser virtudes, a veces son defectos (Hursthouse 2023). Entonces, si las virtudes no son necesariamente siempre buenas, ¿Cómo podemos discernir cómo actuar? La respuesta es a través de la sabiduría práctica o phronesis. Los prácticamente sabios son aquellos que entienden lo que es verdaderamente valioso, verdaderamente importante, aquellos que tienen sabiduría práctica no cometerán el error de ocultar la verdad dolorosa a la persona que realmente necesita saberla, creyendo que la están beneficiando. Parte de la sabiduría práctica es ser sabio acerca de los seres humanos y la vida humana, se requiere apreciación situacional y ser consciente de las consecuencias de tus decisiones.
Volvamos al dilema ético propuesto al inicio de este ensayo y hagámonos estas preguntas: ¿Se puede considerar virtuosa a una persona que dice mentiras? ¿Por qué nos interesa hacer el bien a los demás, o al menos, no hacerles mal? ¿Qué es lo que hace valiosa una virtud? Pienso que la respuesta a estas preguntas es clave para entender cómo es que una clase de ética de virtud sería viable hoy en día.
Me es difícil encontrar una respuesta a estas preguntas a través de la deontología y del utilitarismo, me parece simplista y hasta cierto punto inhumano responder a estas preguntas en términos de deberes y de utilidad. Pienso que existen matices en la vida que no permiten que haya una “regla de oro” para actuar de buena manera, no siempre lo que debes hacer es lo correcto. Por otro lado, pensar todo con base en su consecuencia también me parece fríamente calculador, como si fuera una clase de matemática la que tendríamos que hacer para poder decidir cómo actuar.
Utilitaristas y deontológicos comúnmente sostienen que el objetivo de una teoría ética normativa es desarrollar un código de conducta que consistiría en reglas o principios universales, teniendo como una de sus principales características que las reglas equivaldrían a un procedimiento de decisión para determinar cuál es la acción correcta en cualquier caso particular (Hursthouse 2023).
Esta universalidad de las reglas sería inobjetable si los agentes fueran relevantemente similares, pero debido a que los agentes son relevantemente diferentes, una moralidad universal debe ser necesariamente dañina para algunos. Así como una misma dieta no es lo mejor para todas las personas porque se tienen diferentes metabolismos, condiciones, etc. Una misma moralidad no puede ser buena para todos. Los agentes son esencialmente disímiles en la medida en que están constituidos por lo que define Nietzsche como hechos de tipo, que de manera resumida podríamos definir como hechos fisiológicos sobre la persona, impulsos, afectos inconscientes, etc. Entonces podemos argumentar que no se cumple la tesis de que los agentes humanos son lo suficientemente similares como para que un código moral sea de interés para todos y, por lo tanto, que tenga una aplicabilidad inteligible (Leiter 2024).
En ese sentido, buscar actuar desde la virtud me parece una respuesta mucho más flexible y congruente con la naturaleza del ser humano puesto que nos da el espacio suficiente para razonar y considerar todos los elementos de la circunstancia y con base en el tipo de persona que somos o queremos ser, elegir; en lugar de dejarnos llevar por lo que debiéramos hacer o qué causa más beneficio. Desde esta línea de pensamiento podríamos también argumentar que entonces la finalidad de todas nuestras decisiones, y por lo tanto de una ética de virtud, es una especie de florecimiento humano. No se trata de qué es lo que se supone que debemos hacer, sino más bien, cómo podemos ser la mejor versión de nosotros mismos y alcanzar esa excelencia humana de la que habla Nietzsche. Si continuamos viendo la moralidad con la misma visión normativa tradicional, corremos el riesgo de aceptar de manera absoluta que lo único que tiene valor intrínseco para la vida son las actitudes tales como la felicidad, desinterés, igualdad, compasión; mientras que el sufrimiento, el interés propio, la desigualdad o la indiferencia, no lo tienen, lo cual presupone un peligro para alcanzar el florecimiento del que habla Nietzsche.
De hecho, para poder llegar a una realización de excelencia humana es necesaria una preocupación por el yo, el sufrimiento y una cierta indiferencia estoica (Leiter 2024). Entonces no hay que buscar eliminar el sufrimiento, ni depender de la aprobación ajena, hay que aprender a soportar el dolor, la soledad o el rechazo sin victimizarse ni convertir el sufrimiento en valor moral.
De manera opuesta, Schopenhauer desarrolló su filosofía hacia una perspectiva ascética, enfatizando que, ante un mundo lleno de conflictos interminables, debemos minimizar nuestros deseos naturales para lograr un estado mental más tranquilo y una disposición hacia la benevolencia universal. Entonces Schopenhauer promovía la superación de la condición humana, llena de frustración y fundamentalmente dolorosa, a través de una moralidad ascética (Wicks 2024).
Por el contrario, lo que yo propongo en este ensayo es una práctica de virtudes que debe llevarnos a la afirmación de la vida, es decir, estar dispuestos a querer el eterno retorno de nuestras vidas. En Más allá del bien y del mal, Nietzsche describe "el ideal opuesto" al de moralistas y pesimistas como Schopenhauer como "el ideal del ser humano más animado, vivo y afirmador del mundo que no solo ha llegado a un acuerdo y aprendido a llevarse bien con lo que fue y es, sino que quiere que lo que fue y es se repita por toda la eternidad" (Leiter 2024).
Debemos empezar a cuestionarnos qué tipo de persona queremos ser, de otra manera, es como si viviéramos por inercia, haciendo lo que se supone que tenemos que hacer, pero sin un sentido, hacer lo que alguien más dice, seguir reglas que nunca nos cuestionamos y caer en un tipo de dogma. Es solamente cuando reflexionamos qué es lo que queremos y por qué lo queremos, que realmente rompemos con el paradigma de la moralidad. La agresión, por ejemplo, no tiene por qué ser vista como un vicio, puede ser también una virtud si la vemos desde una perspectiva como acto de rebeldía y fuerza. Un artista representando algo contra la mediocridad cultural, una persona que se rehace después del sufrimiento, desafiar una moral establecida; todos estos ejemplos implican un tipo de agresividad creadora que no necesariamente es mala, y en vez de denotar poder físico, político o económico, resalta una clase de poder interior, un impulso activo que transforma o enfrenta resistencia. Tal vez la pregunta importante no es si la ética de virtud es viable hoy en día, sino qué virtudes son las que estamos eligiendo practicar y porqué.
Bibliografía
Anderson, R. Lanier. 2024. "Friedrich Nietzsche." In Stanford Encyclopedia of Philosophy, edited by Edward N. Zalta & Uri Nodelman. Stanford CA: Metaphysics Research Lab, Stanford University.
Hursthouse, Rosalind and Glen Pettigrove. 2023. "Virtue Ethics." In Stanford Encyclopedia of Philosophy, edited by Edward N. Zalta and Uri Nodelman. Stanford, CA: Metaphysics Research Lab, Stanford University.
Leiter, Brian. 2024. "Nietzsche’s Moral and Political Philosophy." In The Stanford Encyclopedia of Philosophy, edited by Edward N. Zalta and Uri Nodelman. Stanford CA: {Metaphysics Research Lab, Stanford University.
Wicks, Robert. 2024. "Arthur Schopenhauer." In Stanford Encyclopedia of Philosophy, edited by Edward N. Zalta and Uri Nodelman. Stanford CA: Metaphysics Research Lab, Stanford University.
