¿Necesitamos buenas tragedias?
Osvaldo Roldan López ∙ 11 minutos de lectura
¿Por qué los seres humanos buscamos voluntariamente contemplar el sufrimiento, la traición y la caída en desgracia de otros a través del arte? Esta paradoja psicológica permanece en el núcleo de la estética filosófica, planteando una interrogante fundamental para evaluar el valor de la creación artística, ¿Necesitamos buenas tragedias? En su Poética, Aristóteles teorizó que la obra trágica no es un mero espectáculo de lamento, sino una imitación (mímesis) de acciones elevadas capaz de operar una purificación racional y emocional en el espectador.[1] Lejos de quedar sepultada en el pasado, yo sostengo que esta necesidad de confrontar la ficción trágica sigue vigente en la cultura visual contemporánea. En la actualidad, plataformas expresivas como la animación japonesa de corte histórico, específicamente la primera temporada de Vinland Saga, demuestran que los mecanismos estéticos descritos por Aristóteles no sólo persisten, sino que encuentran nuevos canales para sacudir nuestra conciencia y cuestionar las estructuras morales e históricas que nos rodean.[2]
Las reglas del juego trágico
Para comprender el valor del arte trágico, primero debo precisar las fronteras conceptuales que Aristóteles trazó en su estética. Él plantea que la raíz de toda creación artística es la mímesis o imitación, sin embargo, no la entiende como una réplica pasiva de la realidad, sino como una reelaboración del actuar humano. En la Poética, la imitación trágica no se ocupa de lo que efectivamente sucedió, sino de lo que es posible bajo criterios de necesidad o probabilidad[3]. Esta representación de acciones graves y completas tiene un propósito vital que va más allá del placer intelectual, provocar la catarsis, definida por el autor como la purificación de las pasiones a través de la vivencia controlada del temor (phobos) y la compasión (eleos).[4] La catarsis no es una descarga emotiva irracional, sino un proceso de clarificación donde el espectador aprende a calibrar sus emociones frente al sufrimiento ajeno.
La postura y el mapa de la cuestión
Frente a la interrogante central de este escrito, yo argumento que la humanidad sigue necesitando de buenas tragedias porque el arte trágico opera como un dispositivo estético-político indispensable. En casos particulares como el de Askeladd en Vinland Saga, la obra trágica funciona como una forma de pedagogía ciudadana que despoja al espectador del idealismo ingenuo, confrontándolo de manera directa con el peso de la culpa moral, la ilusión del control humano ante el devenir histórico y el costo implícito en la transformación de la polis.[5]
Para demostrar esta tesis, estructuraré mi argumentación en cuatro fases consecutivas. Primero, justificaré la legitimidad estética de la animación contemporánea como una plataforma verosímil para la actualización de la mímesis aristotélica. Segundo, analizaré la configuración de Askeladd bajo las condiciones del héroe intermedio de la Poética, examinando la complejidad de su defecto fatal o hamartia. Tercero, vincularé la experiencia estética de la catarsis con la retórica aristotélica para demostrar su función educadora frente a la ilusión del control y el peso de la herencia. Finalmente, examinaré el clímax de la obra para argumentar cómo la anagnórisis y el sacrificio final unifican la resolución estética del conflicto con el destino de la comunidad, demostrando que la gran tragedia nos reconcilia con los dolorosos sacrificios que exige la construcción de un orden político justo.
La dignidad de la imagen animada
Para que mi aproximación a Vinland Saga posea validez dentro de la estética filosófica, considero indispensable justificar por qué una obra de animación japonesa contemporánea es un objeto de estudio legítimo para la teoría aristotélica. En el ámbito académico suele existir un prejuicio que reduce al anime a un mero producto de consumo de masas carente de densidad conceptual. Sin embargo, si regresamos a la Poética, descubrimos que Aristóteles no limitó la mímesis a un soporte físico específico, él evaluaba el valor del arte en función de la seriedad, la apariencia y la similitud de las acciones humanas que era capaz de imitar.[6] Bajo este criterio, yo sostengo que la primera temporada de Vinland Saga ejecuta una imitación de la acción de un nivel artístico extraordinario.
La obra utiliza los recursos expresivos de la animación, el ritmo del montaje, la profundidad de sus escenarios y la crudeza visual para edificar un escenario históricamente verosímil donde los dilemas éticos universales se exponen con una dignidad equivalente a la de los antiguos poemas épicos. Al dotar a sus personajes de un realismo psicológico tan profundo, la narrativa logra que el público contemporáneo experimente de forma genuina el temor y la compasión necesarios para activar el proceso de la catarsis. El espectador actual encuentra en la pantalla una representación poética que, por su fuerza estética, legitima al anime como un vehículo óptimo para la clarificación de las pasiones humanas en el siglo XXI.[7]
El hombre de las zonas grises
Una vez legitimado el soporte, resulta indispensable analizar la construcción del carácter que sostiene el peso de la obra. En la Poética, Aristóteles postula que el verdadero héroe trágico debe ser un hombre intermedio para activar con éxito la compasión y el temor. Yo sostengo que Askeladd encarna con precisión esta condición estética. Lejos de los clichés habituales de la ficción, él se desenvuelve en una profunda zona gris, es un pirata despiadado y el verdugo del padre de Thorfinn, no obstante, posee una lucidez intelectual asombrosa, desprecia la brutalidad ciega de sus propios hombres y actúa impulsado por un ideal noble: salvaguardar la soberanía de Gales frente a la expansión bárbara.[8]
Esta dualidad permite que el espectador experimente la tensión estética fundamental de la tragedia. Sentimos temor ante su capacidad para la crueldad, pero experimentamos compasión al descubrir que carga en silencio con el peso moral de sus atrocidades, como la masacre de aldeas inocentes, justificándolas como un costo necesario para la supervivencia de su propósito.[9] Es aquí donde se configura su hamartia o error fatal. El defecto de Askeladd no radica en una maldad personal, sino en un desvió de su juicio estratégico. Él opera bajo la contradicción de creer que es posible utilizar los mecanismos violentos del mundo vikingo para dar a luz a un orden político pacífico. Al intentar instrumentalizar la barbarie para realizar un ideal de justicia, Askeladd siembra los cimientos de su propia destrucción moral y física, cumpliendo la advertencia aristotélica de que el héroe labra su caída a través de sus propios errores de cálculo.[10]
La escuela del temor y la compasión
Al desplazar el análisis de la tragedia desde la caída individual hacia sus repercusiones en la comunidad, la experiencia de la catarsis adquiere una dimensión profunda. Para fundamentar esta perspectiva, es necesario vincular la Poética con la Retórica. En este último texto, Aristóteles analiza el temor (phobos) y la compasión (eleos) no como meras reacciones irracionales, sino como afectos dotados de una estructura cognitiva que influye directamente en la deliberación pública y en la toma de decisiones del ciudadano.[11] Yo sostengo que la catarsis que experimentamos al contemplar la ruina moral de Askeladd opera como una auténtica pedagogía ciudadana, la tragedia se convierte en un espacio didáctico porque expande nuestro panorama existencial, forzándonos a distinguir realidades complejas que el idealismo moral tradicional tiende a censurar e ignorar.
En primer lugar, la caída de Askeladd nos confronta con la ilusión del control. El espectador experimenta un temor racional al constatar cómo los cálculos políticos más brillantes y pragmáticos terminan siendo arrollados por la fortuna y el acontecer caótico de la historia. En segundo lugar, la obra nos revela la fatalidad de la herencia. Askeladd está condicionado por su pasado, el trauma de la esclavitud de su madre y su linaje mítico lo encadenan a un escenario donde la supervivencia de su pueblo exige una violencia de la cual él no puede escapar. Por lo tanto, la necesidad de una buena tragedia radica en que nos despoja del moralismo infantil. El arte trágico nos educa en este caso políticamente, enseñándonos que el sostenimiento de la polis y los grandes giros de la historia no acontecen en un vacío de pureza abstracta, sino que están configurados por tensiones trágicas donde el orden se paga con el sufrimiento colectivo.[12]
El jaque mate del destino
El examen estético-político de la obra alcanza su punto culminante en el desenlace de la primera temporada, un escenario que replica con precisión la estructura del clímax trágico de la tradición clásica. Aristóteles postula en la Poética (1452a) que los dos elementos que otorgan mayor fuerza dramática y conmoción a la trama son la peripecia, refiriéndose al cambio en el rumbo de las acciones, y la anagnórisis, es decir, el paso de la ignorancia al conocimiento, el cual devela la verdad del propio destino.[13]
En este marco, yo sostengo que en el último capítulo de la primera temporada de Vinland Saga, el momento en que el rey Sweyn acorrala estratégicamente a Askeladd, obligándolo a elegir entre la anexión armada de su amada Gales o la ejecución del príncipe Canuto, detona una de las anagnórisis más potentes de los personajes de este anime.[14] Al verse privado de opciones de escape en su tablero político, Askeladd experimenta un quiebre existencial y se desploma la ilusión de control que sostuvo durante años. Ante la inminencia del desastre, el personaje verbaliza su crisis mediante un diálogo desgarrador “¿Cómo puedo proteger mi patria de estos cerdos?”. Este lamento no es un simple arrebato, sino un grito de impotencia ante un destino histórico que finalmente lo ha superado.
Es en esta profunda toma de conciencia donde Askeladd comprende que el mundo está podrido,[15] y que él mismo, al adoptar las lógicas de la carnicería vikinga, se ha convertido en un participante más de esa podredumbre. Sin embargo, en lugar de ceder a la parálisis, el héroe trágico utiliza su propia ruina moral como la última herramienta para intervenir en la polis. Askeladd diseña su caída física y de su reputación, finge demencia, decapita al soberano asumiendo el rol del tirano demente y provoca su propia ejecución a manos de Canuto. Con este sacrificio, limpia la legitimidad del príncipe, forzándolo a madurar políticamente y a reclamar la corona con las manos manchadas de sangre.[16]
Antes de exhalar su último aliento, Askeladd sella su dimensión pedagógica al dirigir una última y demoledora interrogante a Thorfinn, quien contempla el evento devastado por la pérdida de su objeto de venganza: “¿Qué piensas hacer... cuando yo ya no esté en este mundo?”. Al clausurar su existencia con este cuestionamiento, Askeladd no solo quiebra el ciclo destructivo de Thorfinn, sino que transfiere el peso del porvenir al espectador. Esta resolución estética demuestra de manera irrefutable por qué necesitamos buenas tragedias,[17] porque el arte trágico es el único dispositivo capaz de mostrarnos que, en los momentos de mayor asfixia histórica, el nacimiento de un orden nuevo y justo demanda que sus propios artífices asuman la culpa y se dejen destruir por el devenir de la comunidad.
La persistencia de la catarsis
Para cerrar este ensayo, considero importante vincular los hallazgos del cuerpo argumentativo con la singularidad estética planteada en mi introducción. La interrogante sobre si necesitamos buenas tragedias encuentra una respuesta afirmativa y rotunda cuando dejamos de comprender al arte trágico como un mero regocijo en el dolor y lo asumimos, en cambio, como el único espacio simbólico capaz de contener y dar sentido a las contradicciones de la acción humana.
A través de la legitimación estética de Vinland Saga y del minucioso diseño de Askeladd, condicionado por su hamartia, he demostrado que los mecanismos del pensamiento aristotélico permanecen vigentes y son plenamente operativos en la cultura audiovisual de nuestro tiempo. La caída de este estratega no apela a un moralismo plano ni busca reconfortar al espectador con juicios de bondad o maldad. Por el contrario, su ruina nos sumerge en una experiencia catártica que purifica nuestras nociones de temor y compasión,[18] al confrontarnos con la crudeza del realismo político, la fragilidad de nuestros cálculos ante el acontecer histórico y el costo ético de la supervivencia comunitaria.
La verdadera necesidad de la tragedia radica, por lo tanto, en su carácter de escuela para la conciencia existencial. En un mundo contemporáneo hiperestimulado que tiende a rechazar el dolor o a simplificar la moral en narrativas de héroes impecables, la tragedia de Askeladd nos obliga a madurar como espectadores. Nos demuestra que las estructuras del poder y los grandes giros del Estado no provienen de la pureza abstracta, sino de hombres imperfectos desgarrados por el peso de sus propias decisiones.[19]
Yo sostengo, en última instancia, que necesitamos buenas tragedias porque el ser humano precisa del arte para aprender a mirar de frente el verdadero costo de la historia. Al obligarnos a habitar la impotencia de Askeladd ante la podredumbre del mundo y al transferirnos la responsabilidad de construir el porvenir, la obra trágica no nos deja en el desamparo, al contrario, purifica nuestro entendimiento y nos devuelve a la realidad despojados de toda inocencia, listos para asumir con madurez la complejidad política y humana de nuestra propia comunidad.[20]
Notas
[1] Aristóteles, Poética, trad. Valentín García Yebra (Edición digital de Mindshop Knowledge Society, 2022), cap. 6, 1449b24.
[2] Vinland Saga, temporada 1, dirigida por Shuhei Yabuta (Wit Studio, 2019).
[3] Aristóteles, Poética, cap. 9, 1451a36–1451b1.
[4] Aristóteles, Poética, cap. 6, 1449b24–28.
[5] Vinland Saga (Temporada 1), dirigida por Shuhei Yabuta (Wit Studio, 2019).
[6] Aristóteles, Poética, cap. 4, 1448b4–24.
[7] Para un análisis sobre cómo la mímesis aristotélica se expande hacia los criterios de seriedad en las artes visuales, véase Pierre Destrée, "Aristotle's Aesthetics", en The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Winter 2021 Edition), ed. Edward N. Zalta, https://plato.stanford.edu/archives/win2021/entries/aristotle-aesthetics/.
[8] Vinland Saga (Temporada 1), dirigida por Shuhei Yabuta (Wit Studio, 2019).
[9] Yukimura, Vinland Saga, temporada 1.
[10] Aristóteles, Poética, cap. 13, 1453a7–12.
[11] Aristóteles, Retórica, ed. Christof Rapp (Stanford Encyclopedia of Philosophy, 2022), lib. 2, caps. 5–8.
[12] Yukimura, Vinland Saga, temporada 1.
[13] Aristóteles, Poética, cap. 11, 1452a22–33.
[14] Yukimura, Vinland Saga, temporada 1, cap. 24, "El fin del prólogo", dirigido por Shuhei Yabuta (Wit Studio, 2019).
[15] Yukimura, Vinland Saga, temporada 1, cap. 24.
[16] Yukimura, Vinland Saga, temporada 1, cap. 24.
[17] Yukimura, Vinland Saga, temporada 1, cap. 24.
[18] Aristóteles, Poética, cap. 6, 1449b24–28.
[19] Yukimura, Vinland Saga, temporada 1.
[20] Aristóteles, Poética, cap. 6, 1449b24–28.
Bibliografía
Aristóteles. Estética Aristotélica. Traducción y notas. Edición digital proporcionada para el curso de Estética Filosófica.
Aristóteles. Poética. Traducción y notas de Valentín García Yebra. Edición digital de Mindshop Knowledge Society, 2022.
Aristóteles. Retórica. Traducción y notas. Stanford Encyclopedia of Philosophy. Edición de Christof Rapp, 2022.
Destrée, Pierre. "Aristotle's Aesthetics". The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Winter 2021 Edition), Edward N. Zalta (ed.). https://plato.stanford.edu/archives/win2021/entries/aristotle-aesthetics/.
Rapp, Christof. "Aristotle's Rhetoric". The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Spring 2022 Edition), Edward N. Zalta (ed.). https://plato.stanford.edu/archives/spr2022/entries/aristotle-rhetoric/.
Yukimura, Makoto. Vinland Saga (Temporada 1). Dirigida por Shuhei Yabuta. Wit Studio, 2019.
