“BUEN GUSTO” ¿CRITERIO ESTÉTICO O TÉRMINO VACÍO?
Evee Grissel ∙ 10 minutos de lectura
Logro percibir y reconocer que cuando se nombra el “buen gusto” para validar lo que en realidad es una mera emulación de estos cánones culturalmente instituidos, se extravía por completo su fundamento filosófico. En estos casos, el juicio estético deja de ser un ejercicio reflexivo para convertirse en un acto de consumo no interrogado. Recalcando de este modo que, si bien existe la norma del gusto y no se invalida en la modernidad, sí representa algo pocas veces fiel a la idea original de su real determinación: practicar sin prejuicios, con delicadeza de percepción y ausencia de prejuicios tal como Hume plantea.
Hume comienza reconociendo un hecho evidente:
La gran variedad de Gusto, así como de opinión, que prevalece en el mundo, es demasiado obvia como para no haber sido observada por todos. [...] Tendemos a llamar bárbaro todo lo que se aleja ampliamente de nuestro propio gusto y comprensión: pero pronto descubrimos que el epíteto de reproche se nos devuelve.[2]
Él observa que el desacuerdo es real y a menudo lleva a que cada parte considere la opinión de la otra como bárbara o errónea. Esto sugiere que, si bien el gusto parece subjetivo, hay una tendencia natural a buscar un criterio objetivo que permita dirimir estas diferencias. El problema es que, si todo gusto es válido, ¿cómo podemos criticar legítimamente una obra o preferencia? Pues bien, contra el escepticismo extremo, Hume defiende que sí existe un estándar del gusto, basado no en razones a priori, sino en la experiencia colectiva y la experiencia humana.
Es evidente que ninguna de las reglas de la composición se fija mediante razonamientos a priori […] Su fundamento es el mismo que el de todas las ciencias prácticas: la experiencia; y no son más que observaciones generales sobre lo que universalmente ha complacido en todos los países y en todas las épocas.[3]
Para entender la dimensión subjetiva y moral que Hume deja en parte de lado, podemos acudir a las Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime[4], aquí Immanuel Kant ofrece una reflexión preliminar sobre la estética y la moral, que en realidad se enfoca muchísimo más en la descripción sobre cómo experimentamos lo bello y lo sublime. Él no desea definir algún concepto metafísico o intenta relacionarlo con el carácter humano, el género y las nacionalidades, en esto se hace hincapié desde el principio cuando se presenta como observador más que como un filósofo sistemático. Esto definitivamente nos habla de un conocimiento plenamente empírico. Kant habla acerca de que los sentimientos surgen en relación entre el sujeto y ciertos objetos. Describe que el conocimiento de lo bello/sublime es inmediato y subjetivo, pero con regularidades observables en la naturaleza humana. Lo sublime se asocia con la virtud basada en principios, la seriedad, la melancolía reflexiva, la firmeza. Lo bello se asocia con la simpatía, la amabilidad, la sociabilidad, la virtud “adoptada” (no basada en principios universales). Distingue entre: Virtud genuina (sublime, basada en principios universales) y virtudes adoptadas (bellas, basadas en sentimientos como la compasión o el deseo de agradar). Lo sublime es moralmente superior porque se vincula con principios universales. Lo bello, aunque agradable, puede ser superficial si no está guiado por lo noble. La verdadera virtud requiere sublimidad: actuar por deber, no solo por inclinación[5].
Hume es más normativo y social en su enfoque: quiere establecer criterios compartidos para el juicio estético, aunque reconoce la diversidad. Kant es más descriptivo y moralizante: vincula los sentimientos estéticos con el carácter, la virtud y las diferencias humanas naturales. Hume apela a la autoridad del crítico educado. Kant (en esta obra) apela a una jerarquía moral de los sentimientos (sublime > bello).
El marco analítico ofrecido por Hume y Kant, centrado en la subjetividad cultivada y la universalidad potencial del juicio respectivamente, resulta insuficiente para dar cuenta de la dimensión política y de poder inherente a los conceptos de belleza y gusto. Como revelan las críticas feministas, decoloniales y marxistas contemporáneas, sintetizadas en el artículo Beauty de la SEP, lo estético está lejos de ser un lugar neutral.[6]
La Crítica Política de la Belleza en la SEP
Es necesario añadir que en este artículo la SEP dedica una sección entera a las políticas de la belleza.[7] Históricamente, los estándares de belleza han sido definidos y controlados por grupos dominantes (aristocracia, capital, colonialismo) para legitimar su poder y estatus social. En el siglo XX, movimientos artísticos y filosóficos (como el dadaísmo o la crítica marxista) rechazaron la belleza por considerarla un instrumento de alienación y opresión. Theodor Adorno, por ejemplo, defendía que el arte debe exponer la fealdad del sistema, no embellecerlo. Así mismo, la belleza también funciona como un mecanismo de control corporal y racial: cánones de belleza blanca, feminidad normativa y la patologización de cuerpos no normativos.
La Belleza como Herramienta de Opresión
Han existido críticas específicas desde los movimientos de justicia social. Como la feminista, donde Naomi Wolf y Laura Mulvey[8] describen que los cánones de belleza objetivizan el cuerpo femenino, reduciéndolo a un objeto de deseo para la mirada masculina. Esto no es sólo estético, sino una estructura patriarcal que limita la autonomía y agencia de las mujeres. En la lucha antirracista y decolonial, por poner otro ejemplo, los estándares de belleza blanca fueron impuestos para desvalorizar los rasgos africanos y fomentar la auto-aversión. La reapropiación de la belleza negra se convierte así en un acto político de resistencia y afirmación identitaria.
Consecuencias para la Noción del Gusto
Lo que se considera buen gusto o belleza universal, tal como he mencionado antes, suele operar históricamente como reflejo de los valores y privilegios de los grupos dominantes. En este sentido, la pretensión de universalidad en el juicio estético queda en entredicho al revelarse su base particular y excluyente.[9]
¿Todo es Poder?
Con base en Beauty, también podríamos analizar la siguiente postura. Si se obtiene una interpretación radical y absoluta de esta crítica, llevaría a afirmar que no existe un gusto autónomo o puro, sino solo luchas por la legitimación de lo bello.[10] Desde esta perspectiva, la estética se reduce a ideología: el gusto es una máscara que oculta intereses de dominación y cualquier norma estética sería sospechosa de ser un instrumento de opresión. Por esto mismo, la postura otorgada previamente, podría ser acusada de relativismo extremo, ya que, si consideramos que hay poder casi como un absoluto, no hay forma de distinguir entre coerción y valor estético genuino ¿no? Por otra parte, puede haber igualmente una parálisis crítica ya que una sospecha constante sobre la estética / buen gusto de forma permanente puede caer en la imposibilidad de cualquier juicio o apreciación. Así como ignorar experiencias estéticas compartidas, pues a pesar de las diferencias culturales, hay fenómenos como la belleza de un atardecer o la emoción ante alguna sinfonía, un audiovisual, que trascienden contextos específicos y sugieren comunidad sensitiva humana. Y por supuesto, hemos percibido como ahora, en este enfoque contemporáneo, se politiza la belleza y el gusto, mostrando que, en efecto, no son categorías neutras, sino dispositivos de poder. Siendo esto un claro cuestionamiento sobre la propuesta de Hume, seguido por Kant, pero también plantea el riesgo de un escepticismo estético radical. Una premisa importante es considerar que el “buen gusto” claramente sigue operando como criterio social de distinción y autoridad cultural, y por ello Hume diría que los expertos actúan como críticos ideales, que la educación estética y la exposición a obras canónicas refinan el gusto y que aún hay consenso tácito sobre lo que es “buen diseño”, “buena música”, “arte serio”, etc.
Lo que sí me queda claro es que en la contemporaneidad, el buen gusto suele presentarse como una idea repetida sin conciencia de su origen, que sirve para reproducir jerarquías sociales, naturalizar preferencias de grupos dominantes como si fueran universales y mercantilizar la estética (el “gusto” como marca personal y/o lifestyle). El buen gusto en la actualidad, sólo es un discurso repetido por revistas, arquitectos y marcas de lujo (por mencionar algunas ramas) que invisibiliza su utilización desde un origen clasista y colonial. No es una verdad neutral, está lleno de sesgos y prejuicios, que catalogo como una norma cultural asociada a lo mismo: modernidad, limpieza, clase alta, que excluye en un gran porcentaje a estéticas que no se alineen con aquéllos intereses operando así como un dogma cultural que se repite sin consciencia de sus bases históricas y políticas, reproducida de forma acrítica, funcionando mucho más como un mecanismo de distinción social que como un juicio autónomo y reflexivo. Me parece que la propuesta que otorgo aquí busca sintetizar que el buen gusto no debe abandonarse, pero sí debe ser constantemente problematizado. Debe ser un espacio de diálogo crítico, donde se examinen las condiciones de producción como las de repetición.
¿Opera hoy el buen gusto como una norma legítima o como una verdad acríticamente repetida? He argumentado que, aunque la norma del gusto planteada por Hume sigue siendo conceptualmente válida, en la práctica contemporánea suele ensuciarse y carece de profundidad y sentido crítico. Por lo que considero que hay que tener cuidado con llamar ‘buen gusto’ a aquello que no ha sido pensado. La idea debe ser repensada desde una perspectiva dialógica y autocrítica. En un mundo donde lo estético se ha masificado y mercantilizado, cuestionar el buen gusto es cuestionar las jerarquías que estructuran nuestra percepción y valoración del mundo.
Desde mi perspectiva, el verdadero buen gusto no es el que se impone, sino el que se construye en el diálogo crítico entre tradición, sensibilidad y justicia, muy por fuera de una tendencia efímera (que es la idea que originalmente Hume plantea). Un gusto que no teme al cuestionamiento, porque encuentra en él su propia vitalidad.
Me parece imprescindible nunca dejar de sostener este diálogo. Formamos parte de un sistema cultural que nos desea seguidores de falsos dogmas, de estéticas inventadas con tanta rapidez como se desvanecen, sosteniendo presiones sociales y cánones casi imposibles de cumplir. El verdadero buen gusto incluye siempre pensar, pensar más allá de estas imposiciones, de reglas regidas por marcas que ni cuestionan ni les importa el sustrato ético o histórico de lo que promueven. No se trata del precio, ni del prestigio vacío; se trata del sentido crítico y la sensibilidad sin prejuicios tal como David Hume sostenía, ejercidos con libertad y conciencia.
Cuestionar eso que muchas veces se hace llamar "buen gusto" de forma imperante[11] es, en esencia, cuestionar las jerarquías invisibles que estructuran nuestra percepción y valoración del mundo. Sólo así podremos rescatar al juicio estético de su vaciamiento y devolverle su potencial como acto de libertad, reflexión y, en última instancia, de humanidad compartida.
Notas
[1] David Hume, Of the Standard of Taste, en Four Dissertations (1757), 121-130 (La cita ha sido traducida por la autora de este trabajo).
[2] Hume Of the Standard of Taste, 121.
[3] David Hume, Sobre la norma del gusto, traducción interna del curso General Philosophy – Introductory, ciclo 3: Estética (Mindshop, 2022), 6.
[4] Immanuel Kant, Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, traducción interna del curso General Philosophy – Introductory, ciclo 3. Estética. Mindshop (2022), 2-6.
[5] Kant, Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, 2-6.
[6] Crispin Sartwell, Beauty, en Stanford Encyclopedia of Philosophy (edición de verano 2022) Editado por Edward N. Zalta, https://plato.stanford.edu/archives/sum2022/entries/beauty/, 1-40.
[7] Sartwell, Beauty, 32
[8] Sartwell, Beauty, 35
[9] Sartwell, Beauty, 37
[10] El contraargumento que sigue ha sido desarrollado por la autora de este trabajo.
[11] Real Academia Española, s.v. “imperante,” Diccionario de la Real Academia Española, acceso el 8 de enero de 2025, https://dle.rae.es/imperante. Define “imperante” como “Que impera,” y a su vez “imperar” como “1. intr. Mandar, dominar, prevalecer. 2. intr. Dicho de una cosa: Predominar, prevalecer.”
Bibliografía
Arteaga, SA. “Soda Can Mockup.” Gumroad. Acceso el 8 de enero de 2025. https://saarteaga.gumroad.com/l/soda-can.
Hume, David. “Of the Standard of Taste”. En Four Dissertations. Londres: A. Millar, 1757. PDF.
Hume, David. “Sobre la norma del gusto”. Traducción interna del curso General Philosophy – Introductory, ciclo 3: Estética. Documento interno, Mindshop, 2022.
Kant, Immanuel. “Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime”. Traducción interna del curso General Philosophy – Introductory, ciclo 3: Estética. Documento interno, Mindshop, 2022.
Real Academia Española. Diccionario de la Real Academia Española. 23.ª ed. Madrid: Real Academia Española, 2014. https://dle.rae.es/imperante.
Sartwell, Crispin. “Beauty”. En Stanford Encyclopedia of Philosophy, editado por Edward N. Zalta, edición de verano 2022. Stanford, CA: The Metaphysics Research Lab, Departamento de Filosofía, Universidad de Stanford, 2022. https://plato.stanford.edu/archives/sum2022/entries/beauty/.

1 Comment
Tienes razón, el buen gusto ya no es principalmente lo que nos satisface a tal punto que lo expresamos como gusto, ni lo que queremos o necesitamos, sino lo que se busca vendernos, sean ideas o productos. Personalmente creo que a Hume le falto agregar una variable mas a su coctel de características de la norma del gusto, y es: considerar la situación material en la que se determina el buen gusto; no es lo mismo, un día extremadamente caluroso, echarte el caldito de pollo más sabroso del pueblo a comparación de un helado de limón que quizá no sea el mejor que has comido, pero el que propone o elija la segunda opción, estoy casi seguro de que sería considerado con un mejor buen gusto, aun siendo socialmente más aceptado como buen gusto el caldito de pollo, ya que la situación material del momento lo determino (por poner un ejemplo simple).