La estética cotidiana y la vida contemplativa
Erik Maldonado ∙ 10 minutos de lectura
¿Alguna vez te has preguntado cuál es la relación que existe entre estética y moral? Es bien sabido que la ética es un campo de la filosofía que estudia el comportamiento humano: ¿Qué es lo correcto? ¿Qué es lo incorrecto? ¿Cómo vivimos? ¿Cómo queremos vivir? ¿Qué es una buena vida? En una ocasión un gran maestro de filosofía dijo durante una clase: “La ética, me parece, es el campo de la filosofía más personal”. Es imposible estudiar filosofía moral sin hacer una introspección a nuestras propias vidas. Algo curioso sucede cuando se estudia filosofía moral, empiezas a cuestionar tus comportamientos y tus decisiones, empiezas a darte cuenta de que tu libertad está condicionada a tu capacidad de entender el mundo en el que vivimos, y de cierta manera es algo aterrador, sin embargo, esa libertad reconocida sabe mucho mejor que una libertad desde la ignorancia, porque es consciente. Y es aquí cuando empiezas a preguntarte lo realmente importante: ¿Cómo puedo vivir mi mejor vida?
Es una pregunta gigante, y si piensas que este ensayo la va a resolver, déjame decirte que no será así. Es imposible responderla por 2 sencillas razones: Es algo extremadamente personal, la búsqueda de esa respuesta va a depender de cada individuo; y, por otro lado, es una pregunta que tiene que mantenerse viva, es decir, tenemos que estarnos preguntando esto constantemente porque la respuesta puede cambiar. Sin embargo, mi objetivo con este ensayo no es de menor importancia, espero que después de leer estas palabras empieces a cuestionarte y a pensar, que creo, es lo más valioso.
La estética, por su parte, estudia la relación que existe entre la percepción sensorial y lo que llamamos bello o arte, tradicionalmente es la encargada de estudiar la teoría de la belleza y del arte (Slater 2022).
Por mucho tiempo subestimé este campo, no entendía la importancia de la estética, al menos en mi vida, y pensaba que estaba reservada para las personas que son artistas, músicos o poetas. No fue hasta que leí a Yuriko Saito y su estética cotidiana que entendí que sí existe convergencia entre lo estético, lo cotidiano y la moral. Hay algo en la respuesta a la pregunta de cómo vives tu vida que tiene que ver indudablemente con tu experiencia estética de lo cotidiano. ¿Cómo puedes vivir una buena vida sin disfrutar de la cotidianeidad?
Por mucho tiempo, la estética se centró en estudiar las bellas artes dejando de lado objetos, eventos y actividades que constituyen la vida diaria de las personas. Saito nos señala en su crítica a la estética que particularmente la costumbre de aislar un objeto de su entorno para llamarlo arte fue más pronunciada a partir del siglo XVIII con la estética del desinterés, la cual sostiene que un juicio estético no busca utilidad o practicidad alguna en el objeto, sino más bien una contemplación desinteresada que suspende todo interés funcional (Shelley 2022). Según esta teoría, únicamente podríamos tener una experiencia estética bajo un marco más o menos definido, por ejemplo, observar una pintura en un museo donde nos limitamos únicamente a los elementos visuales, o escuchar una sinfonía donde conscientemente elegimos omitir el ruido del tráfico exterior, la tos del público o la sensación del aire acondicionado soplando en nuestra cara (Saito, Aesthetics of the Everyday 2026).
Yuriko Saito, en su ensayo Everyday Aesthetics, critica la falta de atención a la rica diversidad de objetos estéticos y aborda 2 limitaciones de la estética: en primer lugar, que las teorías estéticas occidentales tienen puntos de vista parroquiales que presuponen el mundo del arte institucionalizado y con determinadas condiciones culturales y económicas. Y, en segundo lugar, estas mismas teorías limitan indebidamente el alcance de las cuestiones estéticas al dar a entender que sólo las relacionadas con el arte merecen análisis teórico (Saito, Everyday Aesthetics 2007).
A diferencia de la estética del desinterés, la estética cotidiana sostiene que no es necesario aislar la utilidad, deseo o función para tener una experiencia estética. A finales del siglo XX se empieza a restaurar el alcance de la estética en occidente y surge como objetivo otorgar la debida consideración de la totalidad de la multifacética vida estética de las personas, incluyendo varios ingredientes de la vida diaria: artefactos de uso diario, tareas del hogar, interacciones con otras personas y actividades cotidianas como comer, caminar o bañarse (Saito, Aesthetics of the Everyday 2026).
El factor más importante para los propósitos de la estética de lo cotidiano es la actitud típica que adoptamos hacia ellos. Tendemos a experimentar objetos o actividades cotidianas principalmente con consideraciones prácticas que eclipsan su potencial estético (Saito, Aesthetics of the Everyday 2026). Así, preparar un café por la mañana o tomar un baño caliente antes de dormir, se vuelven para la mayoría actividades mecánicas, y lo que me parece más preocupante, anestésicas, en el sentido de que pierden todo su potencial de revelar una dimensión estética sorprendentemente rica.
Entonces, ¿qué hace posible la apreciación estética de algo ordinario o rutinario? Según Saito, si lo cotidiano se caracteriza como algo familiar, ordinario o rutinario; se requiere de una desfamiliarización o un extrañamiento, y no se refiere a apreciar lo ordinario como extraordinario, el reto está en apreciar lo ordinario como ordinario (Saito, Aesthetics of the Everyday 2026).
En la filosofía oriental, particularmente en la clásica japonesa, se ha valorado la cotidianeidad en las experiencias estéticas. Ellos entienden la realidad como un cambio constante, no existe una concepción de algún reino platónico por encima, la única realidad posible es la que se presenta ante nuestros sentidos (Parkes 2024). Este entendimiento los ha llevado a concebir esta condición fundamental de la existencia como un llamado a la actividad vital en el momento presente, en lugar de un motivo de desesperación nihilista.
Un claro ejemplo que nos presenta Saito de experiencias estéticas cotidianas, son las ceremonias del té japonesas, en donde se enfatiza la singularidad de cada ocasión: Tienen un principio y un final, con elementos totalmente variables y finitos como el aroma, el clima, la temperatura del agua, la compañía, la iluminación y ambiente del salón. A diferencia de una escultura o un poema donde el objeto de apreciación es siempre más o menos el mismo, en las ceremonias de té lo que se valora es la transitoriedad y singularidad de cada elemento. En ese sentido, el objeto de apreciación estética es impermanente, y es precisamente ahí donde se encuentra la belleza, en la evanescencia. De la misma manera, miles de personas salen cada año a ver los cerezos japoneses, no es que las flores del cerezo sean intrínsecamente más bellas que las de otros árboles, pero se valoran más debido a su fugacidad. El cambio y la impermanencia pueden aumentar nuestra conciencia y mejorar la experiencia estética de las actividades cotidianas. Curiosamente, hoy más que nunca, nos es muy complicado apreciar este componente efímero de la vida.
Mientras que Saito detecta una pérdida de la capacidad de percibir estéticamente lo cotidiano, Byung-Chul Han, en su libro La sociedad del cansancio, detecta una pérdida en la capacidad de contemplación derivada de una transición de una sociedad disciplinaria a una del rendimiento. En su crítica, hubo un cambio de paradigma en el tipo de sujeto que vive en las sociedades y en cómo se ejerce el poder. Mientras que con Foucault se proponía una sociedad disciplinaria, donde se buscaba controlar a las personas mediante instituciones que funcionan a través de la vigilancia y la obediencia (cárceles, fábricas, escuelas, etc). Han argumenta que ahora el sujeto posmoderno no es disciplinario, sino de rendimiento, está libre de un dominio externo que lo explote y más bien está sometido a sí mismo (Han 2012). Así, hoy más que nunca estamos en una búsqueda constante de productividad, no importa qué estemos haciendo, siempre estamos pensando en cómo hacerlo mejor y más rápido. ¿Cómo podemos vivir una buena vida si constantemente estamos buscando apresurar las cosas y medimos nuestro valor con base en cuánto podemos rendir o producir? Me atrevo a afirmar que es imposible.
Ya no actuamos libremente ni construimos algo con sentido, solo producimos sin descanso. Inconscientemente estamos reduciendo nuestras vidas a trabajar, trabajamos para mantener la vida y la vida sólo sirve para seguir trabajando. Hemos perdido nuestra capacidad de contemplar, y con ella, de apreciar el potencial estético de la cotidianeidad.
Han detecta que la moderna pérdida de creencias que afecta no sólo a Dios o al más allá, sino también a la realidad misma, hace que la vida humana se convierta en algo totalmente efímero (Han 2012). Pero a diferencia de Saito, para Han esto representa un problema: ante la falta de algo constante y duradero, el sujeto del rendimiento no tiene más remedio que aprovechar la fugacidad de su existencia, pero no se está preguntando cómo.
Nietzsche en su famosa obra La gaya ciencia pone en boca de un personaje la célebre frase: “¡Dios ha muerto! ¡Dios está muerto! ¡Y lo hemos matado nosotros!” (Nietzsche 2001, §125). De manera poco evidente, esto no es una afirmación, ni hay victoria en esa exclamación, por el contrario, es un diagnóstico y presupone preocupación. La gente está dejando de creer en dios y, ¿Qué vamos a hacer ahora que no hay un dios en quien creer? Esta revelación de Nietzsche nos muestra por qué nuestras vidas actuales son más efímeras que nunca. Estamos creando una urgencia de vivir nuestras vidas antes de que lleguen a su final. Tenemos que hacer que cada segundo valga la pena y en consecuencia nos convertimos en sujetos del rendimiento, sin capacidad contemplativa, cuando realmente la característica efímera de la vida debería, por el contrario, llevarnos a querer contemplar más, a querer poner más atención a la estética de lo cotidiano.
Las críticas de Saito y Han son paralelas hasta cierto punto, por un lado, la falta de atención a la estética de la cotidianeidad y por el otro la pérdida de nuestra contemplación. Sin embargo, hay una convergencia crucial de estas teorías: Han nos ofrece un diagnóstico y expresa la necesidad de la contemplación. Saito nos muestra cómo practicar esta vida contemplativa. Sólo al detenernos podemos realmente pensar con claridad, conectar con el sentido de lo que hacemos y experimentar estéticamente aquello que no está destinado para ser arte. Esto nos puede ayudar a despertar del sueño en que nos encontramos, un sueño que no nos permite ver y vivir la vida como se merece, donde no somos conscientes del potencial estético de las actividades del día a día y donde el rendimiento aparenta ser más importante que la contemplación.
Bibliografía
Han, Byung-Chul. 2012. La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder.
Nietzsche, Friedrich. 2001. La gaya ciencia. Madrid: Alianza.
Parkes, Graham and Loughnane, Adam. 2024. «Japanese Aesthetics.» En The Stanford Encycopledia of Philosophy, editado por Edward N. Zalta and Uri Nodelman. Metaphysics Research Lab, Stanford University. https://plato.stanford.edu/archives/spr2024/entries/japanese-aesthetics/.
Saito, Yuriko. 2026. «Aesthetics of the Everyday.» En The Stanford Encyclopedia of Philosophy, editado por Edward N. Zalta and Uri Nodelman. Metaphysics Research Lab, Stanford University. https://plato.stanford.edu/archives/spr2026/entries/aesthetics-of-everyday/.
—. 2007. Everyday Aesthetics. Oxford: Oxford University Press.
Shelley, James. 2022. «The Concept of the Aesthetic.» En The Stanford Encyclopedia of Philosophy, editado por Edward N. Zalta. Metaphysics Research Lab, Stanford University. https://plato.stanford.edu/archives/spr2022/entries/aesthetic-concept/.
Slater, Barry Hartley. 2022. Internet Encyclopedia of Philosophy. https://iep.utm.edu/aesthetics/.
