Nacidos para morir
Geraldine Casillas Ramírez ∙ 10 minutos de lectura
INTRODUCCIÓN
Lector, deténgase a leer estas palabras con calma, como si lo único que importase ahora fuera usted, aquí, en este instante.
Permita que su mente se enfoque en procesar lo que lee, en darle sentido a cada palabra, tal como yo lo haré mientras escribo.
Inhale. Sienta cómo la corriente de aire fresco recorre sus pulmones.
Perciba cómo sus ojos siguen estas líneas, cómo su lengua toca el paladar, cómo la respiración sucede sin que deba pedirlo.
Note la ubicación de su nariz, el inicio y el final de su boca, la presencia de su cuerpo en este preciso momento.
Porque, aunque todo esto parezca tan simple y cotidiano, recuerde: nacimos para morir.
En este ensayo se tratará la pregunta, ¿La muerte afecta al que muere?, no se defenderá una postura en específico, sino que se tratará la tesis del daño y el pensamiento de Epicuro contra dicha tesis, para mencionar argumentos y contraargumentos en ambas posturas.
DESARROLLO
La tesis del daño sostiene que la muerte puede ser un mal relativo para quien muere, especialmente para quienes valoran la vida, ya que los priva de los bienes y experiencias que podrían haber tenido. No se trata de un daño en sentido estricto, pues al morir ya no hay sujeto que lo experimente, sino de una privación del bien de vivir y de la posibilidad de seguir viviendo.1
Pienso que esta idea refleja algo muy humano, me atrevo a decir que todos en algún momento hemos experimentado temor ante la muerte, ya sea por un ser querido o por imaginarse a uno mismo en esa situación.
En el caso de ser uno mismo quien la llegase a experimentar, el miedo a morir puede surgir por diversos motivos. Incertidumbre sobre lo que hay después de la muerte, miedo al cómo será, si será de forma dolorosa y lenta o si será de forma inesperada, sin haber completado ciertos planes vitales. Un accidente automovilístico es el mejor ejemplo para ello, puede poner fin a la vida de manera abrupta mientras realizamos actividades tan cotidianas como ir camino al trabajo, a ver a un familiar o a una reunión con amigos, sin saber que lo que te espera mientras conduces por carretera es un accidente, y de ahí la muerte. Suena aterrador, a decir verdad, morir por un accidente, así como pudo haber sido un accidente el que se te cayera el café en algunos documentos, sólo que en el primer caso se trata de un accidente que acaba con una vida, recordándonos la fragilidad y la imprevisibilidad de la existencia.
Miedo a dejar planes inconclusos: imaginemos a una persona joven de quizás 20 años, que aún no sabe a qué se quiere dedicar en su vida, sabe que hay muchas posibilidades por descubrir y explotar, pero, al elegir una posibilidad, inevitablemente se renuncian a muchas otras, es consciente de que solo tiene una oportunidad de vivir en este mundo, puede ser abrumador.
Aquí me gustaría introducir otra de las ideas que maneja la tesis del daño, no de manera directa, pero si llevamos esta idea al extremo, es comprensible que quienes valoran intensamente la vida puedan experimentar un deseo de inmortalidad.2
Quien es consciente de todo lo que se puede explorar en la vida, personalmente yo pienso en todo el conocimiento que se puede adquirir, todas las cosas que hay que aprender, todas las personas maravillosas que hay en este planeta y que jamás conoceremos, todo lo que hay aún por descubrir de este mundo para poder entender mejor la realidad, hasta dónde llegará el avance tecnológico; existir en forma de humano te da ya de por sí la posibilidad de aprender un montón de habilidades, todas las piezas musicales que te irás sin aprender a tocar, o los lugares maravillosos que pudiste haber conocido y no lo hiciste..
Sin embargo, esta aspiración a una vida entusiasta y sin fin olvida el otro lado de la existencia, el sufrimiento. Ser inmortal significa también presenciar y padecer, una y otra vez, la pérdida, la enfermedad, la violencia o la soledad. Tal vez por eso algunos prefieren concebir una existencia finita, una vida breve pero digna, antes de que las tragedias propias de la condición humana nos alcancen.
Aún así, es difícil no sentir el impulso de seguir imaginando todo lo que podríamos experimentar si tuviéramos más tiempo. En este sentido, ¿no sería maravilloso ser inmortales? Tener tiempo ilimitado para explorar todo eso, para aprender, conocer, amar y crear sin límite alguno (esto está dicho por alguien que valora la vida ).
Este pensamiento puede generar la sensación de que el tiempo es insuficiente, la inmortalidad se percibe como la posibilidad de explorar y aprovechar plenamente la riqueza de la vida, algo que surge naturalmente al reflexionar sobre la muerte y la privación que ella implica.
Sin embargo, esta aspiración a una vida sin fin olvida con frecuencia el otro lado de la existencia, el del sufrimiento y la tragedia. Ser inmortal no solo significaría tener tiempo ilimitado para aprender, amar o crear, sino también para presenciar y sufrir, una y otra vez, los horrores del mundo, la pérdida, la enfermedad, la violencia, las catástrofes naturales, la soledad. Tal vez una vida eterna no sería una promesa de plenitud, sino una condena a revivir, sin fin, tanto lo maravilloso como lo insoportable de la experiencia humana.
Todo esto encaja también con el comparativismo. Uno de los respaldos de la tesis del daño es un enfoque comparatista, el cual evalúa la muerte no por lo que produce, sino por lo que impide experimentar.3 Morir joven suele percibirse como una tragedia, porque interrumpe un futuro lleno de bienes y oportunidades aún no vividas. Pero si esos años futuros habrían sido de sufrimiento, la muerte no sería un mal, sino incluso un bien.
Algunos filósofos discuten si algo que ocurre después de la muerte (como ser olvidado) puede ser un daño, la tesis del daño póstumo.4 Yo diría que depende, si para esa persona el ser recordado después de morir es un deseo importante, entonces sí hay un daño, pero no hablamos de un daño físico, sino de uno existencial. Sin embargo, también es cierto que quien muere no puede ya experimentar si su deseo ha sido cumplido o no; por tanto, el daño no radicaría en el hecho de ser olvidado, sino en el temor o la angustia que provoca en vida la posibilidad de serlo. En ese sentido, más que importarnos el cumplimiento real del deseo una vez muertos, lo que nos afecta verdaderamente es la creencia o esperanza que mantenemos en vida sobre ser recordados, pues esta idea puede dar sentido a nuestra existencia y a nuestras acciones.
Sin embargo, me gustaría agregar que el saber que vamos a morir, nos puede motivar a la acción, dado que no tenemos tiempo ilimitado. Además, si estamos de acuerdo con la tesis del daño, vale la pena cuestionar qué más podemos hacer con ello, pues aceptar que la muerte es un mal no cambia el hecho de que es algo natural e inevitable, debemos optar por un pensamiento más estoico.
Lucrecio nos invita a ver a la muerte como lo que es, algo natural. Plantea que no deberíamos temer a la muerte, porque el estado de inexistencia después de morir es simétrico al estado de inexistencia antes de nacer. No nos quejamos de no haber existido antes de nacer, por tanto, sería irracional quejarnos de no existir después de morir, simplemente nos devuelve a un estado previo al nacimiento, un estado donde ya no lo lamentaremos.5
Volvamos al ejemplo de aquella joven de 20 años que teme morir, Derek Parfit explica un sesgo, el sesgo hacia el futuro, el cual podría explicar por qué tememos tanto a la muerte. Él dice que preferimos que lo bueno esté por venir y que lo malo haya pasado, por eso nos duele más la muerte que el hecho de no haber existido antes, la muerte nos quita el futuro.6
Esa joven de 20 años teme la muerte porque corta de golpe todas sus proyecciones, planes y deseos.
“Cuando somos, la muerte no viene; y cuando la muerte viene, no somos.”.7 Epicuro sostiene que la muerte no puede dañarnos porque no hay un momento en el que nosotros y la muerte existamos al mismo tiempo, mientras estamos vivos no ha llegado la muerte y cuando llega la muerte, ya no existimos.8
Para Epicuro la angustia ante la muerte es más bien una ilusión lógica, un malentendido sobre el tiempo y la existencia. Y de este modo él resuelve el problema con lógica, se hace tres preguntas: ¿Quién es el sujeto que recibe el daño?, ¿qué tipo de daño recibe? y ¿en qué momento lo recibe?. Y las responde de la siguiente manera: Si el daño ocurre después de morir, no hay sujeto, si el daño ocurre antes de morir, la muerte aún no ha ocurrido y si decimos que el daño ocurre exactamente en el momento de morir, ese momento es un límite casi indefinible entre ser y no ser.9
Sin embargo esta idea presenta un problema, Epicuro desmonta el miedo irracional a la inexistencia, es decir, el estado de muerte, más no ataca el proceso de ésta, aunque el estar muerto no duela, el proceso de morir sí puede hacerlo.
Podríamos decir, entonces, que la diferencia crucial no radica tanto en la muerte misma, sino en la conciencia de ella. Epicuro tiene razón en afirmar que no hay sufrimiento una vez que la muerte ha ocurrido, pero omite que el sufrimiento real se da en el intervalo previo, en el presentimiento de la pérdida inevitable. El ser humano no teme el ya no ser, sino el tránsito hacia él, la enfermedad, la decadencia del cuerpo, la separación de los seres queridos, lo que se dejará atrás y la imposibilidad de controlar el momento final (aunque esto último depende, se puede hablar de la eutanasia como solución a esa agonia, mas es otro tema de estudio) . En ese sentido, el proceso de morir es, paradójicamente, una experiencia de vida, sentimos angustia porque todavía existimos, porque seguimos valorando lo que pronto desaparecerá.
Aún así la muerte nos obliga a reconocer la fragilidad de nuestra existencia, también nos empuja a vivir con mayor plenitud. La conciencia de que todo terminará nos invita a preguntarnos qué vale realmente la pena hacer, decir o sentir mientras aún tenemos tiempo. Desde esta perspectiva, aceptar la mortalidad no implica resignación, sino lucidez, vivir sin negar la muerte, pero tampoco sometidos a su miedo. Así, el pensamiento sobre la muerte deja de ser un obstáculo y se convierte en una forma de aprender a vivir mejor.
Por otro lado, también creo que la manera en que se percibe la muerte depende en gran medida de las creencias de cada individuo. Para quienes profesan una fe religiosa, especialmente aquellas que sostienen la existencia de una vida después de la muerte, esta deja de ser vista como un fin absoluto y se transforma en una transición hacia otra forma de existencia. En estas visiones, la vida se vive como una preparación para ese momento de partida, donde el morir no representa una pérdida, sino el cumplimiento de una promesa o el paso hacia una realidad superior. Por ello, para estas personas la muerte puede no resultar agobiante, sino incluso esperanzadora, pues la dotan de un sentido trascendente que atenúa su carácter trágico. En contraste, para quienes no sostienen tales creencias, la muerte suele adquirir un peso existencial más profundo, al presentarse como el límite definitivo de la conciencia y de toda posibilidad de experiencia.
CONCLUSIÓN
En definitiva, la tensión entre la tesis del daño y la postura epicúrea revela dos formas opuestas de comprender la relación entre la vida y la muerte. Desde el comparativismo, la muerte se concibe como una privación, lo malo de morir no está en el sufrimiento físico o en el hecho mismo, sino en los bienes y experiencias de los que el individuo queda privado. En cambio, Epicuro niega la posibilidad misma de ese perjuicio, pues sostiene que solo puede haber daño cuando existe un sujeto que lo experimente, y la muerte, al eliminar al sujeto, también elimina la posibilidad de daño.
Sin embargo, aunque el argumento epicúreo parece lógicamente coherente, su conclusión puede resultar existencialmente insatisfactoria. Si bien es cierto que después de la muerte no hay sujeto que padezca, también lo es que antes de morir somos conscientes de nuestra finitud, y esa conciencia puede afectar profundamente nuestro bienestar. Desde esta perspectiva, la muerte puede no ser un mal "para el muerto", pero sí lo es "para el ser que sabe que va a morir".
Así, más que una refutación definitiva, el debate entre ambas tesis nos invita a reflexionar sobre el valor que atribuimos a la vida y sobre cómo el deseo de inmortalidad surge, en última instancia, de la imposibilidad de aceptar la pérdida de todo aquello que consideramos valioso. La muerte, entonces, no sólo marca el fin de la existencia, sino también el límite desde el cual otorgamos sentido a vivir. La pérdida de la vida mientras aún somos conscientes de ella revela que la angustia humana ante la muerte no es sólo irracional, sino existencial. No tememos la muerte como estado, sino como interrupción de lo que valoramos: la vida misma.
Pese a esto la muerte es algo natural, por ello aceptar la mortalidad puede llevarnos a valorar más el presente y a vivir con sentido.
Notas
1 Luper, Steven. “Death.” In The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Winter 2019 Edition), edited by Edward N. Zalta. https://plato.stanford.edu/archives/win2019/entries/death
2 Ibid.
3 Ibid.
4 Ibid.
5 Ibid.
6 Ibid.
7 Ibid.
8I bid.
9 Ibid.
Bibliografía
Bolson Ruzzarin, Mateus. “Epicurus & the End.” Clase de Historia de la Filosofía Moral, Mindshop Knowledge Society, Semana 2, 2025. https://mindshop.cafe.
Lucrecio. De Rerum Natura. Citado en Steven Luper, La Tesis del Daño, traducido por Mateus Bolson Ruzzarin. Internet Encyclopedia of Philosophy, 2019. PDF.
