El gusto compartido que nos une
Jean Michael Marchegiani ∙ 8 minutos de lectura
En este ensayo explicaré por qué creo que sí existe una norma del gusto, entendida no sólo como resultado de experiencias personales, sino como un criterio colectivo que ha pasado la prueba del tiempo y se afina mediante la discusión entre aficionados y críticos.
Primero, hablaré de David Hume y su contexto, para situarnos mejor (así como también analizaré las nociones estéticas que emplea); luego formularé dos argumentos, cada uno con sus dos contraargumentos y sus posibles refutaciones; y para concluir, discutiré por qué, más allá de las objeciones, podemos defender la existencia de un estándar del gusto y reflexionaré sobre su importancia para la crítica y la creación artística con la intención de mostrar que el gusto, aunque parezca arbitrario, puede tener fundamentos sólidos si se observa con atención y se cultiva con tiempo.
David Hume (1711-1776) fue un filósofo escocés que vivió en una Europa permeada por el espíritu de la Ilustración, donde la razón y la ciencia comenzaban a cuestionar las tradiciones conservadoras. Influido por pensadores como Locke y Berkeley, Hume concentró sus esfuerzos en la experiencia humana, y en particular en cómo los sentidos y las pasiones moldean nuestras creencias y juicios estéticos. Su ensayo Of the Standard of Taste nació como respuesta a los escépticos que negaban la posibilidad de criterios estéticos compartidos.[1]
Si analizamos las nociones estéticas que emplea Hume, podemos destacar que para él, todas las percepciones son válidas porque responden a la experiencia subjetiva del individuo, ya que el gusto se basa en el sentimiento más que en el razonamiento abstracto. Hume sostiene que no se puede disputar acerca del gusto en términos absolutos, porque toda respuesta estética parte de la vivencia particular del espectador.[2] Sin embargo, esto no significa que el juicio estético sea enteramente arbitrario. Hume reconoce que, si bien las percepciones iniciales pueden variar, es posible formar una norma del gusto cuando ciertos observadores desarrollan un juicio afinado, por lo tanto, el estándar no se impone desde una verdad objetiva, sino que emerge de un consenso intersubjetivo formado por quienes han cultivado la sensibilidad estética. Esta perspectiva permite una reconciliación entre la validez de las percepciones individuales con la existencia de criterios regulativos compartidos, haciendo una estética que valora tanto la experiencia como la formación.[3]
Hume identifica tres condiciones que permiten a los individuos elevar su juicio más allá de gustos momentáneos: el sentimiento de placer genuino, cuando el placer no está distorsionado por intereses personales; la delicadeza de la imaginación, que descubre en la obra las matices imposibles de captar con una percepción torpe; y la práctica continua, que a través del trato constante con obras de distinta índole, refina la sensibilidad del observador. Estas condiciones funcionan como filtros que, en su conjunto, permiten una apreciación más estable, uniforme y afinada, capaz de contrarrestar sesgos y prejuicios personales, formando así la base de una norma del gusto.[4][5]
Un primer argumento sería que, cuando un grupo de observadores entrenados y libres de prejuicios sensibles coinciden sistemáticamente en un juicio estético (ya sea este favorable o no), emerge un consenso estable el cual trasciende preferencias meramente subjetivas. Este tipo de consenso no es improvisado: surge como resultado de un proceso formativo en el que tanto críticos profesionales como aficionados instruidos (a través de la lectura, el análisis comparativo y el contacto continuo con obras artísticas) desarrollan una sensibilidad que está afinada para reconocer cualidades estéticas significativas como podrían ser la armonía, la proporcionalidad y la expresividad auténtica.[6] Una formulación lógica de este argumento podría ser:
P1: Sí en grupos de observadores entrenados y sin prejuicios se juzgan consistentemente ciertas cualidades estéticas como valiosas, entonces existe un criterio común que regula el juicio estético.
P2: Existen grupos compuestos por críticos profesionales y aficionados instruidos que juzgan consistentemente y sin prejuicios cualidades como la armonía, la proporcionalidad y/o la expresividad como valiosas.
C: Por lo tanto, existe un criterio compartido en el juicio estético, es decir, existe la norma del gusto.
Un contraargumento podría afirmar que ese aparente consenso no refleja más que las preferencias de una élite cultural especializada, que está desconectada de las sensibilidades del público general.[7]
Pienso que una buena debilidad para este contraargumento podría ser la existencia tanto de admiradores como de creadores de obras de artes de varios estratos sociales, a medida que avanza la historia, cada vez hay más obras de artes disponibles para diferentes estratos sociales, como el grafiti y el arte callejero en general. También cabe destacar que en la historia hubieron obras de arte expuestas para todo el público, como estatuas, templos, vitrales, etc.
Otra debilidad radica en el método que se usa para comparar obras de diversos estilos, épocas y culturas (pintura renacentista frente al arte japonés o la música clásica frente a la música pop), que revelan ciertos principios formales invariables que muestran la existencia de un estándar sensible común más allá del contexto particular.[8]
Otro contraargumento podría afirmar que la coherencia de un juicio estético se ve comprometida por diferencias culturales tan profundas que ningún criterio puede considerarse verdaderamente compartido, ya que cada sociedad desarrolla su propio canon normativo.[9]
Este contraargumento falla cuando recordamos que el ser humano, como ente sensible, no se restringe a una única cultura, ya que comparte características de apreciación estética que se manifiestan en distintas partes del mundo. La norma del gusto no implica uniformidad total, sino la identificación de ciertos criterios que coinciden entre diversas culturas, resultando en la formación de un estándar significativo.[10]
Sostengo que otra debilidad para este contraargumento sería que, aunque existan diferencias culturales, los estudios comparativos de estética muestran convergencias cuando se valora ciertas estructuras formales básicas, como también hay reacciones emocionales similares ante ciertas composiciones, lo que implica la existencia de principios comunes más allá de lo superficial.[11]
Un segundo argumento puede tomar como punto de partida la capacidad de varias obras para generar un placer estético consistente en espectadores de distintas épocas y culturas, incluso sin mediación académica o institucional. Obras como La Divina Comedia de Dante Alighieri, las pinturas de El Bosco, la piezas musicales de Tchaikovsky o el castillo de Himeji en Japón, que siguen conmoviendo al público contemporáneo, demuestran que su valor no depende de unas modas pasajeras ni de contextos históricos limitados.[12] Una formulación lógica podría ser:
P1: Si la valoración de una obra dependiera exclusivamente de factores temporales o culturales, entonces su capacidad para generar placer estético se desvanecería con el tiempo o al trasladarse a contextos distintos.
P2: Las obras clásicas mantienen su poder estético a lo largo de los siglos y en diversas culturas.
C: Por lo tanto la valoración estética no puede depender únicamente de factores temporales o culturales, lo que implica la existencia de criterios estables y compartidos, y por lo tanto una norma del gusto.
Pienso que uno de los contraargumentos más sólidos sostiene que la prevalencia de las obras clásicas se debe más a una imposición ejercida por instituciones académicas, museos, religiones y medios de comunicación, y no a un juicio espontáneo de los espectadores.[13]
Una contundente debilidad la podemos encontrar en los estudios de recepción que demuestran cómo comunidades sin formación especializada en conocimiento musical o teatral encuentra placentera la música tradicional o el teatro amateur, reconociendo y valorando espontáneamente las mismas cualidades formales y expresivas que los expertos, lo que sugiere una resonancia estética que va más allá de que la imposición académica o institucional.[14]
Otra debilidad reside en que incluso sin intervención institucional directa, muchas obras clásicas sobreviven en la memoria colectiva mediante adaptaciones populares, representaciones comunitarias y referencias culturales en producciones cinematográficas, lo cual demuestra una apreciación estética genuina y autónoma en el espectador común.
Un segundo contraargumento sostiene que la experiencia estética está muy sujeta a la psicología individual (variaciones en la percepción sensorial, en la memoria o en una predisposición emocional), por lo que no podría existir un criterio compartido de forma estable.[15]
Me parece que una debilidad fulminante para este contraargumento es que las investigaciones en psicología de la percepción han demostrado respuestas emocionales y fisiológicas similares (ritmo cardíaco o cambios de la piel) ante ciertos estímulos estéticos en sujetos de diferentes culturas, lo que indica patrones comunes de apreciación.[16]
Así como también otra debilidad proviene de estudios interculturales que muestran cómo elementos como la simetría visual, la consonancia musical y la proporción áurea, tienden a generar respuestas positivas en distintas audiencias, lo que significa que hay fundamentos biológicos y cognitivos compartidos que sostienen un estándar estético universal.[17]
Al concluir los argumentos, creo que queda claro que el estándar del gusto humano se fundamenta en más que simples coincidencias. Las evaluaciones de críticos cualificados se reafirman generación tras generación, apuntando siempre a principios como la armonía y la expresividad. Además, la estética empírica sugiere que estructuras formales (como la simetría visual, la consonancia musical o la proporción áurea) tienden a provocar respuestas fisiológicas similares en personas de distintas culturas, lo cual apunta hacia bases biocognitivas compartidas para el juicio estético.[18]
Por otro lado, podemos decir que la recepción de distintos estratos sociales demuestra que la norma del gusto no es un constructo académico exclusivo. Oyentes de música y espectadores de teatro amateur sin entendimiento académico reproducen patrones de valoración semejantes a los de los expertos, incluso sin intermediación institucional.[19] Esto confirma que la norma del gusto puede surgir también desde la experiencia directa y no solo desde la teoría crítica o el juicio de académicos.
Cabe destacar que el hecho de que exista una norma del gusto no significa que no se pueda experimentar ni crear obras originales que se alejen de los cánones tradicionales. Es muy enriquecedor encontrar obras que se desmarcan de estos estándares, así como es igual de importante valorar aquellas piezas cuyo propósito no está enfocado directamente en generar placer o disconformidad, sino en transmitir mensajes políticos, sociales o de protesta. La norma del gusto puede incluso fortalecer la diversidad creativa. Ya que con la ayuda de un vocabulario estético compartido, se facilita el diálogo y el contraste entre tradición e innovación, ofreciendo referencias claras para la crítica y estimulando a los creadores a explorar variantes. De esta forma, la norma del gusto funciona como un puente entre el público y el artista, haciendo que las distintas experiencias y sensibilidades converjan en un terreno común, evitando los dogmatismos y el relativismo cultural extremo.[20]
También me parece relevante recalcar que la norma del gusto, al establecer un lenguaje común dentro de museos e instituciones educativas, facilita la formación del público hacia una apreciación más profunda de ciertas cualidades estéticas fundamentales (como la armonía, la expresividad, el equilibrio o la composición).[21] Además sirve como guía para curadores y críticos al momento de evaluar obras, permitiendo que los juicios no sean meramente arbitrarios, sino fundamentados en principios compartidos. Incluso, gracias a la norma del gusto podemos conocernos mejor como especie. Entender cómo funcionamos biológicamente en relación al arte puede ofrecer beneficios importantes, como un mayor sentido de comunidad. Al observar nuestras disposiciones naturales en ciertas formas y estructuras, vemos que, más allá de las diferencias culturales, compartimos inclinaciones profundas que se reflejan en nuestras respuestas estéticas.[22] Por todo esto, la norma del gusto se convierte en motor de unión cultural y dinamismo creativo, con impacto directo en exposiciones, festivales y debates sobre arte.
Retomando la pregunta inicial sobre si existe una norma del gusto, creo que tenemos fuertes argumentos que a pesar de las objeciones (desde la acusación de elitismo hasta la variabilidad cultura), la convergencia en los juicios formados, la persistencia histórica en las obras admiradas y las evidencias de la estética empírica, demuestran con fuerza la existencia de un estándar regulativo. Este estándar ofrece un marco compartido donde conviven tradición e innovación.
En última instancia, pienso que el reconocimiento de la norma del gusto es aceptar la posibilidad de un encuentro sensible y reflexivo, donde la belleza deja de ser una experiencia meramente aislada para convertirse en una expresión profunda de la condición humana que nos une.
Notas
[1] Russell, P. (2022). David Hume. En E. N. Zalta & U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy. Recuperado de https://plato.stanford.edu/entries/hume/
[2] Hume, D. (1993). Of the Standard of Taste. En S. Copley & A. Edgar (Eds.), Selected Essays. Oxford: Oxford University Press. (Trabajo original publicado en 1757)
[3] Gracyk, T. (2023). Hume’s Aesthetics. En E. N. Zalta & U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy. Recuperado de https://plato.stanford.edu/entries/hume-aesthetics/
[4] Hume, Op. cit.
[5] Shelley, J. (2024). Aesthetics in the 18th-Century British. En E. N. Zalta & U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy. Recuperado de https://plato.stanford.edu/entries/aesthetics-18th-british/
[6] Gracyk, Op. cit.
[7] Hume, Op. cit.
[8] Jacobsen, T. (2023). Experimental Aesthetics. En E. N. Zalta & U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy. Recuperado de https://plato.stanford.edu/entries/experimental-aesthetics/
[9] Hanfling, O. (2020). Aesthetic Concept. En E. N. Zalta & U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy. Recuperado de https://plato.stanford.edu/entries/aesthetic-concept/
[10] Shelley, J. (2017). Aesthetics. En Internet Encyclopedia of Philosophy. Recuperado de https://iep.utm.edu/aesthetics/
[11] Jacobsen, Op. cit.
[12] Hume, Op. cit.
[13] Gracyk, Op. cit.
[14] Ibid.
[15] Jacobsen, Op. cit.
[16] Ibid.
[17] Hanfling, Op. cit.
[18] Jacobsen, Op. cit.
[19] Gracyk, Op. cit.
[20] Ibid.
[21] Shelley, Op. cit. (2024).
[22] Jacobsen, Op. cit.
Bibliografía
Gracyk, T. (2023). Hume’s aesthetics. En E. N. Zalta & U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy. Recuperado de https://plato.stanford.edu/entries/hume-aesthetics/
Hanfling, O. (2020). Aesthetic concept. En E. N. Zalta & U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy. Recuperado de https://plato.stanford.edu/entries/aesthetic-concept/
Hume, D. (1993). Of the standard of taste. En S. Copley & A. Edgar (Eds.), Selected essays. Oxford University Press. (Trabajo original publicado en 1757)
Jacobsen, T. (2023). Experimental aesthetics. En E. N. Zalta & U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy. Recuperado de https://plato.stanford.edu/entries/experimental-aesthetics/
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(2024). Aesthetics in the 18th-century British. En E. N. Zalta & U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy. Recuperado de https://plato.stanford.edu/entries/aesthetics-18th-british/
