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29/05/2025
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  • Aristóteles
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La Virtud como guía ética

Erick Aparicio∙ 10 minutos de lectura

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La Ética de la Virtud es una guía viable para la moderación de nuestro comportamiento hoy en día. Mi postura se basa en la concepción aristotélica del término como rasgos de comportamiento del carácter y normas de principios que tienen vigencia para el buen actuar y la prosperidad social; además, ya sea como un enfoque central o en un papel complementario, en tanto ética normativa, permite diversificar el análisis y juicios sobre las cuestiones en las que nos debatimos nuestro actuar y puede ser un contrapeso para otras teorías éticas que son problemáticas si las llevamos a los extremos (deontología y consecuencialismo).

A través de este ensayo presentaré elementos para demostrar la viabilidad de la ética de la virtud; así, proporcionaré una breve introducción del concepto de ética normativa (I), después, presentaré las formas de la ética normativa y dos de sus desarrollos teóricos, como son la ética de la virtud y la deontología con las concepciones de algunos de sus exponentes, Aristóteles y Kant, para explicarlas (II); consecuentemente, abordaré argumentos de la viabilidad de la ética de la virtud en contraste con posturas deontológicas (III); introduciré dos contraargumentos desde el punto de vista de la deontología kantiana (IV); y daré respuesta a los contraargumentos, identificando maneras en que la ética de virtud es viable (V).

 

La cuestión de la ética normativa (I)

La ética suele dividirse en tres áreas principales: metaética, ética normativa y ética aplicada. En el presente me enfocaré en la rama de la ética normativa, misma que tiene por objeto la delimitación práctica, es decir, la determinación de lineamientos morales sistemáticos encargados de dictar y/o encauzar la conducta de los humanos.

Los lineamientos normativos persiguen la realización de acciones correctas por medio de la ejecución de hábitos, mismos que pueden estar basados en diferentes perspectivas de racionalización y/o valoración, e incluso como una mezcla de ellas. Tales lineamientos representan un preludio de la acción que deberá considerarse al tratar cualquier cuestión, incluyendo el examen y resolución de los casos controversiales como ámbito de acción de la ética aplicada.

 

Ética de la virtud aristotélica (II)

Partiendo de un razonamiento sobre los fines (sentido teleológico), es decir, los propósitos que se buscan por medio de la ejecución de acciones, actividades o la producción, Aristóteles deduce que todo tiende a un bien; dentro de los bienes hay algunos que únicamente sirven para conseguir otros mayores. Aunque existen bienes que se buscan por sí mismos, impera sobre todos un bien supremo, la felicidad, al que todos los seres humanos aspiran y que, además, sería perfecto ya que no hay nada que se busca por encima de él.

Bajo la asunción de que lo bueno y los fines se encuentran en la función de cada cosa, Aristóteles busca la función del hombre; toda vez que éste se diferencia de las plantas, que cuentan con nutrición y crecimiento, y animales, en tanto les compete la sensibilidad, en que es el ser que se caracteriza por el uso y reconocimiento de la razón, el bien para el ser humano es una actividad del alma de acuerdo con la virtud, y si las virtudes son varias, de acuerdo con la mejor y más perfecta, y además en una vida entera[1], esto es lo que describimos como eudaimonia. Con el término de alma, asociado al entendimiento de la Grecia antigua, se deduce la capacidad de razonamiento; la virtud, además de representar excelencia (areté), está ligada estrechamente a la moralidad de los actos.

Aristóteles argumenta que las virtudes éticas se adquieren por medio de la experiencia, ya que no son naturales al hombre; es a través del ejercicio continuo de las virtudes éticas como se desarrollan los rasgos de carácter, y la enseñanza, en las diferentes etapas de la vida, juega un papel crucial para su adquisición. El conocimiento de una virtud ética no garantiza un acto adecuado, también se debe poseer una sabiduría práctica (phronesis) que permita elegir la mejor acción ante cualquier situación. Los adultos pueden ejercer mejor la sabiduría práctica, pues con su experiencia y maduración psicológica cuentan con un mayor dominio de las pasiones que son desbordantes durante la adolescencia, sin dejar de lado que han adquirido el conocimiento que es escaso en los juicios que formulan los niños.

La virtud, según Aristóteles, es un término medio, o que tiende al medio. Se conforma por rasgos de comportamiento que no se quedan cortos ni sobrepasan lo que debería hacerse en cada situación; es lo justo por realizar y se puede expresar en la frase los hombres sólo son buenos de una manera, malos de muchas.[2] El término medio es el punto central entre dos extremos: el defecto y el exceso, ambos considerados como vicios. Como ejemplo tenemos el honor y el deshonor, como término medio aparece la magnanimidad; el exceso es la vanidad y el defecto se lo ve como pusilanimidad. Aristóteles provee algunas virtudes normativas que guían el modo de actuar, aunque también se infiere que las personas deben usar su criterio para dibujar los límites entre el medio, el defecto y el exceso, como las siguientes: liberalidad, magnificencia, ambición, mansedumbre, amabilidad, sinceridad, agudeza, pudor y vergüenza.

 

Deontología kantiana: El Imperativo Categórico

El Imperativo Categórico (IC) de Kant se concibe como un principio de racionalidad práctica que se basa en el deber y se compone de formulaciones objetivas, perfectas e incondicionales que aplican a todas las personas todo el tiempo y en diferentes culturas.

Al referirnos al IC como un principio de racionalidad se dice que el agente que lo sigue primero debe realizar una deliberación interna, libre de coacción (libertad negativa), y entonces elige conformar sus acciones a los postulados del deber (libertad positiva).

Para Kant, los agentes racionales deben contar con una ‘buena voluntad’, es decir, tomar decisiones basadas en principios morales básicos existentes, aquellos que elige libremente a través de su voluntad y lejos del influjo de inclinaciones que le brinden placeres o la consecución de otros fines que obedezcan a sus intereses. El IC implica que los actos que siguen intereses propios no expresan buena voluntad; no puede existir ninguna otra motivación por el resultado o algún interés personal más allá que el mero contenido normativo del deber.

El IC es imperativo dado que se trata una orden que se dirige a agentes que podrían o no seguirla; es categórico ya que no se aplica incondicionalmente, dado el hecho de que como seres humanos tenemos voluntades racionales pero que no necesariamente se actuará sólo por mor del deber. Ya que los humanos podemos o no seguir el IC, éste pasa a ser una especie de ley moral que restringe nuestros deseos naturales y genera una bondad instituida bajo coacción.

El IC consta de cinco formulaciones:

  1. Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer al mismo tiempo que se convierta en ley universal.[3]
  2. Obra como si la máxima de tu acción pudiera convertirse por tu voluntad en una ley universal de la naturaleza.[4]
  • Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio.[5]
  1. El principio de toda voluntad humana como de una voluntad que legisla universalmente a través de todas sus máximas.[6]
  2. Obra según máximas de un miembro que legisla universalmente para un reino de los fines simplemente posible.[7]

Con esto Kant establece deberes objetivos que se centran en evaluar la racionalidad y moral de nuestras máximas (i, ii), respetar y tratar a la humanidad como fin en sí mismo (iii), conformar nuestro comportamiento a principios de leyes universales del deber (iv), y seguir los principios de una comunidad de agentes legisladores plenamente racionales (v).

Para Kant, la virtud es representada como el grado de fuerza de voluntad de las personas para cumplir el deber y el vicio es la inmoralidad que se basa en principios; con esto se sugiere que la virtud es una voluntad con la fuerza necesaria para superar obstáculos.

 

¿Cómo es viable la ética de virtud? (III)

Partiendo de la observación de Aristóteles de que las virtudes éticas no son naturales al humano y, por tanto, sin ellas estaría a merced de los impulsos y pasiones naturales, la ética de la virtud resulta viable ya que contribuye a la formación de rasgos del carácter por medio de la práctica y la enseñanza. A través de un método inductivo de experiencia, los infantes pueden moderar la conducta con actos que se apeguen a la moral virtuosa sin necesidad de establecer requisitos conceptuales de enseñanza teórica para los que no estarían facultados sino hasta etapas en las que se ha dado un desarrollo adecuado de capacidades cognitivas.

Un segundo argumento se basa en la sabiduría práctica que nos acerca a la eudaimonia. Mediante el ejercicio de la virtud ética se moderan nuestras emociones, ya que nos sitúa en el punto medio, y, así, se puede actuar en la forma, momento y con la persona adecuada según la situación. La sabiduría práctica promueve la excelencia de nuestros actos y nos encauza a la eudaimonia.

 

Buena voluntad y el deber moral (IV)

Dado que la virtud, en la perspectiva moral de Kant, no es más que la fuerza de voluntad para librar los obstáculos para cumplir con el deber, un argumento que se contrapone al primero que aporté es:

  1. Los actos sin buena voluntad no son moralmente viables ya que no alcanzan un genuino valor.
  2. Los actos de la ética de la virtud no demuestran buena voluntad ya que entablan una lucha con las disposiciones naturales del humano.
  3. Las acciones de la ética de la virtud no alcanzan un genuino valor.
  4. La ética de la virtud no es moralmente genuina y, por lo tanto, no es viable.

En refutación del segundo argumento, se puede decir que:

  1. Los actos que no se realizan por mor del deber no son viables ya que no tienen un genuino valor moral.
  2. La ética de la virtud no se ejecuta por el deber en sí mismo ya que el agente persigue intereses distintos.
  3. La ética de la virtud no tiene genuino valor moral y, por lo tanto, no es viable.

Esto se da en el marco de que, en la concepción aristotélica, la ética de la virtud busca el fin último (entonces es teleológica) de la eudaimonia.

 

Refutación contraargumentativa (v)

En respuesta al primer contraargumento, es problemático pensar que sólo mediante una buena voluntad se puede lograr una moralidad genuina. Sería en extremo difícil determinar qué personas son motivadas por una buena voluntad de las que no lo son; además, en tanto que la forma y efectos de los actos se reconozcan como buenos, no habría una diferencia práctica sustantiva que justificara una inviabilidad de la ética de virtud.

Respecto del segundo contraargumento, ya sea como una precondición natural del humano o como un concepto ideológico ampliamente aceptado, muchos de nuestros actos, si no es que la inmensa mayoría, se encuentran motivados por la persecución de un fin, moralmente loable o no. Además, el deber llevado a los extremos puede resultar controversial y se requeriría de algún tipo de evaluación de la virtud de los actos para poder determinar si se conforma a él o no. En todo caso, no se refuta la valía de la sabiduría práctica que propugna la ética de la virtud.

 

La instauración viable

Los argumentos deontológicos aportados no restan valía, bajo una perspectiva del resultado del buen obrar, a la ética de la virtud. Dado que la ética de la virtud establece rasgos de conducta, representa, al menos, una alternativa para determinar el tipo de actos que habrán de emplearse en situaciones en que las prescripciones del deber sean imperfectas. Además, el optimismo del deber parece no tomar en cuenta condiciones de comportamiento natural de la humanidad, como los intereses individuales, y se vislumbra como una teoría que puede ser insuficiente en la operación práctica.

Parece ser que los seres humanos estamos en una constante búsqueda de la felicidad, la ética de la virtud es relevante ya que representa una vía para el florecimiento humano bajo la concepción de eudaimonia.

La moral, como tantas otras teorías en nuestro haber, debe seguir un proceso de evolución consistente para el establecimiento de un sistema ético que ataque a las problemáticas inherentes al comportamiento social y el progreso histórico. Si se aspira a una mejora consistente de nuestra moral, diferentes posturas, incluidas la ética de la virtud, deben ser tomadas en cuenta para robustecer criterios y lineamientos que apoyen la generación de condiciones para una vida digna.

 

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Bibliografía

Aristóteles, Ética a Nicómaco, Traducido por José L. Calvo, Madrid: Alianza Editorial, 2014.

Fieser, James, Ethics, Internet Encyclopedia of Philosophy (2020) URL=

https://iep.utm.edu/ethics/

Hursthouse, Rosalind y Glen Pettigrove, Virtue Ethics, The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Winter 2018), ed. Edward n. Zalta, Stable URL=

https://plato.stanford.edu/archives/win2018/entries/ethics-virtue/

Johnson, Robert y Adam Cureton, Kant’s Moral Philosophy, The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Fall 2022), ed. Edward n. Zalta & Uri Nodelman, Stable URL=

https://plato.stanford.edu/archives/fall2022/entries/kant-moral/

Kant, Immanuel, Fundamentación para una metafísica de las costumbres, 2da ed., trad. Roberto Rodríguez Amarayo, Madrid: Alianza Editorial, 2012.

 

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Notas

[1] Aristóteles, Ética a Nicómaco (Traducido por José L. Calvo, Madrid: Alianza Editorial 2014), 1098a15.

[2] Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1106b365.

[3] Kant, Immanuel, Fundamentación para una metafísica de las costumbres (2da ed., trad. Roberto Rodríguez Amarayo, Madrid: Alianza Editorial, 2012), Ak IV, 421 A52.

[4] Kant, Fundamentación para una metafísica de las costumbres, Ak IV, 421 A52.

[5] Kant, Fundamentación para una metafísica de las costumbres, Ak IV, 429 A56 – A67.

[6] Kant, Fundamentación para una metafísica de las costumbres, Ak IV, 432 A72.

[7] Kant, Fundamentación para una metafísica de las costumbres, Ak IV, 439 A84.

 

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