Un altruismo sostenido por el yo: la libertad individual y la humanidad como fin
Angelo Moreno ∙ 11 minutos de lectura
Introducción
El futuro de una ética altruista exige la autoafirmación egoísta. Este ensayo sostiene que la ética viable del futuro será altruista a nivel macro (estructural y colectivo) y egoísta a nivel micro (individual y motivacional), no como contradicción, sino como anidamiento: el altruismo universal se construye a partir de la autoafirmación individual.
En la primera parte, reconstruyo el imperativo categórico kantiano y su formulación contemporánea. En la segunda, expongo el absurdismo de Albert Camus a través de El mito de Sísifo y su prolongación en El hombre rebelde. En la tercera parte, formulo el argumento central: la rebeldía, llevada a su límite lógico, funciona como puente entre la autoafirmación micro y la universalidad macro. En la cuarta, presento dos objeciones: la incompatibilidad de los marcos y la ausencia de garantías de que la autoafirmación escale a altruismo. En la quinta, respondo a ambas, y desarrollo mi postura original. Finalmente, la conclusión recoge la síntesis y proyecta su relevancia ante los dilemas éticos de nuestra época.
El imperativo categórico: universalidad y humanidad como fin
Immanuel Kant (1724–1804) buscó fundar la moralidad en la universalidad: principios a priori válidos para todo agente racional, en cualquier momento cultural o histórico[1]. En la Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785), Kant desarrolla un principio único bajo el cual toda acción puede ser juzgada moralmente; sostiene que la libertad y la autonomía del ser humano son la condición de posibilidad de la moral: si no somos libres, la moralidad sería una ilusión[2].
El núcleo del argumento es que la moral básica se mantiene bajo cualquier circunstancia; es decir, tiene validez universal. De esta exigencia de universalidad Kant deriva el imperativo categórico. Su formulación preliminar, extraída del sentido moral común, establece que el principio de acción sólo es moral si el individuo puede querer que se convierta en ley universal: "nunca debo actuar sino de tal modo que pueda también querer que mi máxima se convierta en ley universal"[3].
El imperativo incluye además la fórmula de la humanidad: obrar de tal modo que se trate a la humanidad, tanto en la propia persona como en la de cualquier otra, "siempre al mismo tiempo como un fin, nunca meramente como un medio"[4]. Detrás de ambas formulaciones está la autonomía como regla esencial de la moralidad kantiana: la ley moral tiene autoridad sobre nosotros precisamente porque nosotros mismos, como seres racionales, nos la damos[5].
La filosofía moral de Kant se ha vuelto notoriamente relevante en la contemporaneidad. La humanidad enfrenta dilemas éticos continuos asociados a las nuevas tecnologías (incluida la inteligencia artificial), la distribución de recursos y, de manera cada vez más literal, el uso del ser humano como recurso. Esta tendencia se ve agravada por la inequidad que genera el acceso desigual a la información y la tecnología, pues poblaciones enteras son tratadas como medios (datos, mano de obra, mercados) y no como fines. La fórmula de la humanidad hoy funciona como un tamizaje de las acciones para entender su moralidad.
El absurdismo y la ética de la rebeldía
Albert Camus (1913–1960) mantuvo una relación deliberadamente no sistemática con la filosofía académica; no obstante, la reflexión filosófica constituyó un hilo conductor a lo largo de toda su obra. Desconfiaba del racionalismo y negó reiteradamente su condición de filósofo; sin embargo, es innegable que preguntas filosóficas rodean su obra, especialmente una: ¿vale la pena vivir?
Esa pregunta se condensa en la apertura de El mito de Sísifo (1942): "No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio"[6]. La obra toma como imagen el esfuerzo continuo de Sísifo por llevar su roca a la cima; cada vez que lo logra, la roca vuelve a caer, y todo esfuerzo parece vano. Pero Camus no concluye en la desesperación sino en el desafío: la respuesta al absurdo no es el suicidio, sino vivir sin escape, en rebeldía, con lucidez y pasión[7]. De ahí su imperativo final: "hay que imaginar a Sísifo feliz"[8]. A partir de esta obra infiero que la libertad, la rebeldía y la pasión constituyen la respuesta camusiana al problema del sentido, una respuesta que nace y se sostiene en el individuo.
Sin embargo, la rebeldía no se agota en una respuesta individual. En El hombre rebelde (1951), Camus extiende el gesto: quien se rebela contra su opresión afirma, en el mismo acto, un valor que excede su persona. Su fórmula lo condensa: "me rebelo, luego existimos"[9]. Es decir: sin rebeldía no hay autoconciencia ni libertad, pero la rebeldía llevada hasta el final descubre que ese valor afirmado es común. Durante el acto de negación, al declarar intolerable cierta humillación, el rebelde universaliza implícitamente su propio límite y descubre que otro puede reconocerlo. La rebelión crea valores, dignidad y solidaridad[10], es el reconocimiento mutuo, el "nosotros" que emerge del "yo" que dice basta. Camus conecta la libertad del individuo con la libertad de la humanidad, y lo hace de un modo que funciona como puente: la autoafirmación egoísta, llevada a su límite lógico, genera por su propia estructura el reconocimiento del otro como fin.
La ética de Camus, aunque nunca formulada como sistema, es una ética inmanente de la rebeldía. Sin fundamento trascendente, negados un sentido cósmico y una razón que fundamente la moral, el valor se crea en la autoafirmación libre del individuo; pero esa afirmación, llevada a su propia lógica, descubre un límite y una dignidad comunes a toda la humanidad. Esta ética responde a la condición que define nuestra época: la caída de los fundamentos compartidos que la posmodernidad diagnosticó.
Ante la incertidumbre constante y la aparición de nuevos dioses, la inteligencia artificial, los aparatos inteligentes, las redes globales de información, la tentación es concluir que ya no queda fundamento alguno. Camus ofrece la alternativa: cuando el fundamento no puede descender de lo alto, asciende desde el individuo, de la rebeldía de cada uno, y del reconocimiento de la libertad del otro, hacia una dignidad que vale para todos.
La rebeldía y la libertad para alcanzar la universalidad ética
Con los dos marcos presentados, puede articularse un marco teórico donde la rebeldía y la libertad caminan hacia la universalidad ética. El imperativo categórico de Kant aporta una estructura ética que exige tratar a todo ser racional como fin en sí mismo, nunca meramente como medio. Este primer fundamento establece el nivel macro de la ética, un altruismo de alcance universal.
El absurdismo de Camus nos lleva al nivel individual. Sin sentido dado, ante el silencio del mundo, el valor no desciende de ningún fundamento trascendente, sino que se crea y se afirma en la libre rebeldía del individuo; esta es una autoafirmación egoísta, a nivel micro. Esa rebeldía, sin embargo, no se agota en el individuo: llevada a su límite, no inventa valores aislados, sino que descubre un bien común a toda la humanidad, tal como lo condensa la fórmula "me rebelo, luego existimos". El rebelde no necesita proponerse ese reconocimiento del otro; le basta con llevar su propio reclamo hasta el final, del mismo modo en que el agente moral ordinario ya obra conforme al imperativo categórico sin formularlo como principio. Camus provee así el puente, así sea inconsciente, entre la autoafirmación individual y el reconocimiento del otro.
De la unión de ambas estructuras surge el argumento central de este ensayo: el futuro de la ética es altruista a nivel macro y egoísta a nivel micro, y no como contradicción, sino como anidamiento. El altruismo macro no se opone al egoísmo micro ni lo sustituye; se construye a partir de él. El altruismo kantiano no queda refutado por la libertad camusiana, sino realizado por ella: no es ya una universalidad dada de antemano, sino una universalidad rebelde, que cada individuo gana en su propio acto de rebeldía. En una época donde el sentido ya no lo construyen estructuras teológicas o filosóficas sólidas, sino conocimientos efímeros y presiones cambiantes, ese altruismo realizado a través del egoísmo libre es el futuro viable de la ética.
Dos objeciones: la incompatibilidad de los marcos y el egoísmo sin garantías
Primera objeción: los marcos son incompatibles. El argumento pretende sintetizar a Kant y a Camus, pero sus fundamentos se excluyen mutuamente. Para Kant, la autonomía no es hacer lo que se quiere: es el sometimiento del querer a la ley universal de la razón, una estructura que condiciona toda acción, en cualquier circunstancia[11]. Para Camus, en cambio, el sinsentido es el punto de partida irrenunciable: no hay razón universal que legisle, y la libertad consiste precisamente en rechazar toda ley pre-dada[12]. Un kantiano diría que la rebeldía camusiana es mera arbitrariedad sin autoridad moral; un camusiano, que la ley kantiana es uno más de los consuelos trascendentes que el absurdo desenmascara.
Segunda objeción: nada garantiza que el egoísmo escale a altruismo. Aun concediendo ambos marcos, el puente del egoísmo al altruismo es un salto de fe. Sin una razón universal que oriente la rebeldía, nada asegura que la autoafirmación individual apunte a la solidaridad, la dignidad y el reconocimiento del otro, y no a la dominación. Nuestra historia nos sugiere lo contrario. La afirmación de la propia fuerza tiende a producir jerarquía, no fraternidad; el fuerte que se rebela contra sus límites suele imponer límites a los demás. La rebeldía podría transformarse en subordinación del otro, y el "nosotros" de Camus quedaría reducido a los que ganaron. Si el vector altruista no está garantizado, la conclusión es frágil: el futuro ético "altruista a nivel macro" sería una esperanza, no un argumento.
Respuestas: la convergencia de niveles y el límite interno de la rebeldía
Respuesta a la primera objeción. La incompatibilidad aparente se disuelve al distinguir los registros en que cada filósofo opera. Kant no explica por qué un agente, arrojado en un mundo sin sentido dado, debería actuar moralmente en absoluto. Kant ofrece la arquitectura de la ética, el reino de los fines como ideal regulativo[13], pero presupone una razón ya dispuesta a la ley. Camus, a la inversa, no construye sistemas normativos. Él ofrece el motor existencial, la pregunta por qué actuar cuando nada impone la acción[14]. La objeción acierta en que los métodos divergen: uno deduce desde la razón pura, el otro parte de la experiencia del absurdo; pero precisamente porque abordan problemas distintos, sus respuestas no se excluyen. La libertad absurdista, llevada a su límite, descubre un límite común: converge con el reconocimiento kantiano de la humanidad como fin.
Respuesta a la segunda objeción. La objeción exige una garantía empírica de que la rebeldía apunte a la solidaridad y no a la dominación. La respuesta está en el límite interno del propio acto rebelde: oponerme a mi opresión mientras oprimo a otro es estructuralmente autocontradictorio, pues niego en el otro exactamente aquello que reclamo para mí. Es cierto que la historia registra rebeldías degeneradas en tiranía, y que el vector altruista carece de garantía causal. Pero carecer de garantía empírica no equivale a carecer de fundamento normativo: tomarse en serio la propia libertad implica, lógicamente, reconocerla dondequiera que se manifieste. La objeción confunde la pregunta por lo que suele ocurrir con la pregunta por lo que debe ocurrir para que un acto sea consistente consigo mismo.
Postura del autor: De ambas respuestas emerge la tesis que este ensayo defiende: el altruismo es la condición de consistencia del egoísmo rebelde. No es su negación, ni su freno externo, ni una esperanza añadida: es lo que la libertad individual está obligada a reconocer si no quiere refutarse a sí misma. El yo que se afirma reclama un valor (su libertad, su dignidad), y ese valor, para ser valor y no capricho, debe valer también donde no soy yo quien lo porta. Por eso la ética del futuro no exige elegir entre el yo y el otro: exige advertir que el yo, llevado hasta sus últimas consecuencias, ya descubre al otro como condición de su propia consistencia.
Conclusión
Desde los primeros registros de la humanidad, nuestra historia avanza en comunidad valorando la libertad individual. Somos países construidos por individuos que colaboran; somos religiones que desarrollan su moral a través de cada creyente; somos profesiones que se levantan sobre profesionales singulares. La humanidad es el altruismo (macro) realizado a través de la autoafirmación egoísta (micro): el individuo que se afirma hasta el final descubre lo común, y en lo común su libertad no se disuelve; se realiza.
En esta era de individualismo, enfrentada a problemas ineludiblemente colectivos (el cambio climático, las amenazas de la inteligencia artificial, las emergencias de salud pública, el pluralismo sin metarrelato compartido), el futuro viable pertenece a una ética que funda la solidaridad en la libertad individual, no en contra de ella. No hay que suprimir el yo para ser moral: el yo plenamente realizado ya está vuelto hacia el otro.
El futuro de la ética no es un punto de llegada, sino su condición permanente: una universalidad que se gana en cada acto de rebeldía no puede heredarse ya hecha, y debe rehacerse en cada individuo, en cada generación. Por eso la roca vuelve a caer y por eso hay que volver a empujarla. La roca de Sísifo, empujada libremente por cada uno, es la humanidad como fin compartido.
Notas
[1] Robert Johnson y Adam Cureton, "Kant's Moral Philosophy," en The Stanford Encyclopedia of Philosophy, Winter 2025 Edition, eds. Edward N. Zalta y Uri Nodelman, https://plato.stanford.edu/archives/win2025/entries/kant-moral/.
[2] Johnson y Cureton, "Kant's Moral Philosophy."
[3] Immanuel Kant, Groundwork of the Metaphysics of Morals (1785), G 4:402, citado en Robert Johnson y Adam Cureton, "Kant's Moral Philosophy," en The Stanford Encyclopedia of Philosophy, Winter 2025 Edition, eds. Edward N. Zalta y Uri Nodelman, https://plato.stanford.edu/archives/win2025/entries/kant-moral. Traducción propia.
[4] Kant, Groundwork, G 4:429, citado en Johnson y Cureton, "Kant's Moral Philosophy." Traducción propia.
[5] Johnson y Cureton, "Kant's Moral Philosophy."
[6] N. Albert Camus, El mito de Sísifo, trad. Esther Benítez Eiroa (Bogotá: Literatura Random House, 2021), 15. Publicado originalmente en 1942.
[7] Aronson, "Albert Camus."
[8] N. Camus, El mito de Sísifo, 133.
[9] N. Albert Camus, El hombre rebelde, trad. Luis Echávarri (Buenos Aires: Losada, 2008), 99. Publicado originalmente en 1951.
[10] Aronson, "Albert Camus."
[11] Johnson y Cureton, "Kant's Moral Philosophy."
[12] Aronson, "Albert Camus"
[13] Johnson y Cureton, "Kant's Moral Philosophy."
[14] Aronson, "Albert Camus."
Bibliografía
Aronson, Ronald. "Albert Camus." En The Stanford Encyclopedia of Philosophy, Winter 2022 Edition. Editada por Edward N. Zalta y Uri Nodelman. https://plato.stanford.edu/archives/win2022/entries/camus/.
Camus, Albert. El hombre rebelde. Traducido por Luis Echávarri. Buenos Aires: Losada, 2008. Publicado originalmente en 1951.
Camus, Albert. El mito de Sísifo. Traducido por Esther Benítez Eiroa. Bogotá: Literatura Random House, 2021. Publicado originalmente en 1942.
Johnson, Robert, y Adam Cureton. "Kant's Moral Philosophy." En The Stanford Encyclopedia of Philosophy, Winter 2025 Edition. Editada por Edward N. Zalta y Uri Nodelman. https://plato.stanford.edu/archives/win2025/entries/kant-moral/.
